Hannah y sus hermanas

En Hannah y sus hermanas conviven dos tramas que tienen muy poco que ver. La historia central, la que trata propiamente de Hannah y sus hermanas, es el relato de tres neoyorkinas premenopáusicas que se reúnen en los restaurantes y en los saraos de la familia para ponerse verdes las unas a las otras, y hablar sobre el cultivo insatisfactorio de sus espíritus. Quieren ser actrices, escritoras, profesoras de universidad. Tirarse a los hombres más inteligentes de Manhattan para ingresar de su mano en los círculos exclusivos de la cultura. Pero siempre hay algo que se interpone en sus caminos: los maridos, los novios, la competencia feroz de otras mujeres. Es un drama familiar que me interesa más bien poco. Crónicas insulsas sobre burguesas de la vida resuelta, que se aburren infinitamente en su tiempo libre y no paran de dar la castaña con sus sueños artísticos. Era la época en la que Woody Allen escribía películas para mujeres, emulando a su admirado Ingmar Bergman, y le salían unos diálogos algo forzados, unos retratos algo difuminados, como de hombre que pretende entender al sexo opuesto y se queda a medio camino. A las mujeres no las entiende nadie, ni siquiera Pedro Almodóvar, que es el director que ha puesto en sus bocas los textos más verosímiles que uno recuerda, los que intuye más cercanos a esa realidad que bulle en sus cerebros enrevesados. Cuando se juntan tres mujeres en la mesa de una cafetería, el misterio desciende sobre ellas, y las envuelve en una niebla que impide cualquier aproximación científica. Las mujeres están más allá de la comprensión humana. Ningún guión escrito por el hombre puede abarcar tamaña complejidad verbal y conductual. Los machos de la especie, en comparación con ellas, somos seres muy simples, esquemáticos, a miles de años luz de sus inteligencias alienígenas, que a veces, para nuestra fortuna, habitan en cuerpos muy hermnosos y deseables...





Me interesa mucho más la historia secundaria de Hannah y sus hermanas, la del mismo Woody Allen interpretando al exmarido hipocondríaco de Hannah. Quizá porque su drama médico es exactamente el mismo que yo viví hace unos años, cuando una sordera parcial del oído derecho suscitó la sospecha –luego descartada- de un tumor cerebral. Sus días de angustia antes de conocer el diagnóstico son el retrato fiel de la angustia que uno vivió, de la angustia que otros seres muy cercanos han vivido en trances parecidos. Luego, para nuestra suerte, Woody se lanza a hacer comedia sobre el sentido de la vida, y embarca a su personaje en la búsqueda tragicómica de una religión que lo convenza de la existencia en un más allá. Uno se ríe mucho con estas tribulaciones del escéptico que quiere creer en el catolicismo, en el judaísmo, en los preceptos básicos de los Hare Krishna, pero que al final lo descarta todo por falsario, por excesivamente optimista. Apesadumbrado ante la idea de la muerte, del vacío negro que allí nos espera a los ateos y a los descreídos, Mickey, cansado de dar vueltas por las calles, entra en un cine de Manhattan para distraer sus pensamientos. Proyectan Sopa de Ganso, y allí, refugiado en la oscuridad de su butaca, piensa:

“ Bueno, pues allí estaba yo, viendo aquella gente en la pantalla. La película empezó a interesarme.  Y entonces comencé a pensar otra cosa: ¿cómo se te ocurre matarte? ¿No te parece una estupidez? Fíjate en toda esa gente que está ahí arriba. Tienen mucha gracia. Incluso aunque lo peor sea cierto: ¿qué pasa si no existe Dios y nosotros sólo vivimos una vez y se acabó? ¿No te interesa, no te interesa, esta experiencia? Entonces me dije: ¡qué diablos! No todo es malo. Y pensé para mis adentros:  ¿por qué no dejo de destrozar mi vida, buscando respuestas que jamás voy a encontrar, y me dedico a disfrutarla mientras dure?”.
      




Lee [Bárbara Hershey]: ¿Por qué no me has acompañado esta noche? Lo hemos pasado bomba. Y tú también te hubieras divertido.
Frederick [Max von Sydow]: Estoy pasando por una etapa de mi vida en la que no puedo soportar a la gente. No quería acabar insultando a alguien.



            En la incertidumbre sobre la causa última de su sordera, Mickey [Woody Allen] se desespera en su despacho profesional:
Mickey: Esta mañana yo era tan feliz. Y ahora, no sé... No sé qué me ha pasado.
Secretaria: Esta mañana estabas hecho una mierda. Hemos bajado en los sondeos. Los patrocinadores estaban furiosos.
Mickey: No, yo era feliz, pero no me daba cuenta de que lo era.



Mickey vaga por las calles de Nueva York, preguntándose por el sentido de la vida, recordando las enseñanzas de los grandes filósofos:
“... y Nietzsche, con su teoría del eterno retorno. Él ha dicho que la vida que vivimos la vamos a vivir una y otra vez, exactamente de la misma forma, durante toda la eternidad. ¡Fantástico! Creo que tendré que volver a ver Sonrisas y lágrimas... No vale la pena”. 



            En casa de sus padres, discutiendo en mitad del pasillo:
Mickey: Mira, tú te vas haciendo mayor, ¿verdad? ¿No tienes miedo de morirte?
Padre de Mickey: ¿Y por qué iba a tener miedo?
- Porque dejarás de existir
- ¿Y qué?
- ¿Esa idea no te aterra?
- ¿Quién piensa en esas tonterías? Ahora estoy vivo. Cuando esté muerto, estaré muerto.
- No lo entiendo. ¿No tienes miedo?
- ¿De qué? Estaré inconsciente.
- Sí, lo sé. ¿Pero eso no es dejar de existir?
- ¿Y cómo sabes que dejaremos de existir?
- Las perspectivas no son muy prometedoras...
- Quién sabe lo que habrá después. ¡Yo que sé si estaré inconsciente o no! Ya me las apañaré entonces. No pienso preocuparme por lo que sucederá cuando esté incosnciente.
[Mickey aporrea la puerta del cuarto de baño]
Mickey: Mamá, sal.
Madre: Claro que existe Dios, idiota. ¿Tú no crees en Dios?
Mickey: Pero si existe Dios, ¿por qué hay tanta maldad en el mundo? Todavía más sencillo: ¿cómo pudieron existir los nazis?
Madre: Explícaselo, Max
Padre: ¿Cómo voy a saber por qué existieron si ni siquiera sé cómo funciona el abrelatas?


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