Zelig

Leonard Zelig posee la extraña facultad de mimetizarse con el ambiente intelectual que le rodea. Al lado de un votante de derechas esgrimirá argumentos irrebatibles sobre la vagancia secular de los pobres; en una manifestación de izquierdas llevará el puño más alto y más cerrado que nadie, vociferando consignas contra el gran capital. En la peluquería donde las mujeres se quejan amargamente de sus maridos, el jurará que todos los hombres son unos cerdos y unos egoístas; en el bar donde los hombres aporrean la formica con las fichas de dominó, afirmará que todas las mujeres son unas histéricas y unas pellejas mientras apura el último trago de coñac. Zelig no es un oportunista, ni un chaquetero. Él realmente cree en sus opiniones, aunque sean volátiles, y le duren lo mismo que un suspiro. El Zelig conservador no recuerda nada de lo que dijo el Zelig progresista; el Zelig misógino nada sabe del Zelig que ayer mismo estaba enamorado de las mujeres, y las defendía a capa y espada.    




            Su camuflaje no se limita sólo a los estados mentales. Zelig también es capaz de modificar su propia fisonomía para no desentonar con sus acompañantes. Al lado de un hombre negro su piel se oscurecerá; al lado de un hombre obeso su tripa se inflará y su papada se descolgará. Apodado por tales hazañas bioquímicas el Camaleón, será objeto de estudio en las universidades más prestigiosas de Estados Unidos. Pero el desconcierto reina entre la clase médica de los años veinte. Sólo la doctora Eudora Fletcher, especialista en psiquiatría, dará pequeños en su curación a través de la hipnosis, gracias a la cual conseguirá hablar con el Leonard Zelig verdadero, un tipejo aburrido, sosaina, sin grandes cosas que decir.    

    
Esto viene a ser, más o menos, Zelig, el falso documental de Woody Allen sobre un tipo al que un día preguntaron si había leído Moby Dick y mintió diciendo que sí, para no ser tomado por un inculto de tomo y lomo. Con esa patraña fundacional, sus defensas psicológicas se derrumbaron y ya todo en su vida se convirtió en deriva y conformismo. El propio Woody Allen afirma en su libro de conversaciones con Eric Lax que él de joven nunca leyó novelas. Es lógico pensar que muchas veces, en los círculos cada vez más intelectuales que iba pisando, le preguntaran por la lectura de tal o cual obra maestra de la literatura, como a Zelig por Moby Dick, y que él también mintiera para salir del paso, y no desmentir su aura de intelectual apocado y con gafitas. En este sentido, Zelig sería una exageración autobiográfica, la confesión íntima de un tiempo precioso desperdiciado en la juventud.
Pero hay más indirectas escondidas en Zelig. En las sesiones con la doctora Eudora Fletcher, Leonard, para no desmerecer en estudios con su oponente, se lanza a opinar abiertamente sobre los últimos avances en psicoterapia que proceden de Europa, sin tener ni puta idea del asunto. La doctora escribirá en sus diarios:
“Era un cúmulo de charla psicológica que probablemente había oído o leído. Y lo gracioso era que lo enunciaba con gran soltura. Y hubiese podido convencer a cualquiera que no estuviese al corriente de la situación”.


Es como si Woody Allen también lanzara sus dardos contra los impostores que opinan alegremente sobre la ciencia, o sobre el arte, sin comprender nada realmente, como hacía aquel pesado en la cola del cine de Annie Hall. Y pienso, inmediatamente: ¿soy yo, acaso, otro Zelig de la cinefilia? ¿No serán mis opiniones un préstamo, un plagio, un corta-pega extraído de algún sitio que ahora prefiero olvidar? ¿Me pasará lo mismo que a Leonard Zelig cuando fue curado de su mal?:
“Zelig deja de ser un camaleón y por fin se convierte en sí mismo. Sus puntos de vista sobre política, arte, vida y amor son honestos y directos. Aunque sus gustos, para muchos, no tengan clase alguna, son los suyos propios. Finalmente es un individuo, un ser humano. No abandonará jamás su propia identidad para ser parte anónima de todo lo que le rodea”.
     


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