Delitos y faltas

La primera vez que vi Delitos y faltas, allá en su estreno del año 89 ó 90, yo estudiaba filosofía en el último curso del Bachillerato, antes llamado COU. En aquellas vetustas aulas, los hermanos Maristas nos hablaban del ojo divino que todo lo ve, un ojo católico, claro está, que nos vigilaba atentamente desde las nubes para castigar nuestros pecados. Sobre todo los relacionados con el autoplacer sexual, en el que siempre andaban muy obsesionados, quizá porque ellos mismos, en sus retiros espirituales, caían igualmente en sus redes, acuciados por el deseo que les hacía traicionar su voto de castidad. El dios de los Maristas, al parecer, podía castigarte en el mismo instante del pecado, con un rayo, o con una pedrada, o podía, sádicamente, como un verdadero dios del Antiguo Testamento, guardarse el castigo para más adelante, en tu vida de adulto, o en el más allá, en tu vida de muerto, en las calderas del Averno, en una venganza muy caliente servida en plato frío. 



Eran, más o menos, las mismas monsergas que de pequeño le soltaban a Judah, el personaje central de Delitos y faltas, allá en la sinagoga de Nueva York. De hecho, sólo la crucifixión de un hombre separa la tradición judía de la cristiana, tan parecidas en su esencia de culpabilidad y miedo. Judah, que de mayor ha vivido distanciado de la religión, ahora recuerda con sumo detalle aquellas enseñanzas de los rabinos, pues ha cometido un crimen gravísimo que le carcome la conciencia. Vivirá angustiado durante semanas, temeroso de que finalmente sean ciertas las imágenes que él sólo creía simbólicas: el Triángulo en la nube, la balanza que pesa las almas, el dios barbudo que te acusa con el dedo... Pero luego, con el tiempo, Judah irá olvidando su crimen. Inocente ante la ley, libre del castigo expeditivo y muy real de los humanos, se refugiará en el nihilismo de quien no cree en un orden moral superior. No habrá castigo divino, recuerda aliviado, pues Dios, o al menos el dios descrito en las Escrituras, no existe. En los bellos amaneceres de Manhattan donde Dios no pinta los colores, ni pone los sonidos, ni regala los olores, Judah volverá a maldecir su mala suerte de hombre mortal y efímero. Su buena suerte de niño malo que no ha recibido el castigo merecido.




En Delitos y faltas fue la primera vez que escuché esta definición de la comedia, que luego he oído en multitud de foros. La pronuncia el personaje de Alan Alda, sentado en el banco del parque:
            «Una vez me preguntaron unos jóvenes de Harvard: “¿Qué es la comedia?” Y les dije, y a esto me refiero al hablar de distanciarse, les dije: “Comedia es tragedia más tiempo”. Tragedia más tiempo. La noche que asesinaron a Lincoln no se podía bromear sobre el tema. Ahora ha pasado un tiempo y ya es otra cosa. ¿Entienden? Tragedia más tiempo». 



Ben: Dime, ¿resolviste ese problema personal?
Judah: Sí, se resolvió solo. Al final conseguí convencerla.
Ben: Bien. Estupendo, qué respiro. A veces, tener un poco de suerte es el plan más brillante.


            

Halley [Mia Farrow]: Quería devolverte esta carta.
Cliff [Woody Allen]: La única carta de amor que he escrito...
Halley: Es preciosa, pero no es para mí. 
Cliff: Da lo mismo. Se la copié casi íntegramente a James Joyce. Te preguntarías por qué hay tantas referencias a Dublín. 


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