Manhattan

Si Manhattan es el homenaje de Woody Allen a la ciudad –más bien al barrio- en el que vive, ¿cómo sería el homenaje de un cineasta leonés, también bajito y gafapasta, a su Invernalia natal, tan pequeñita y escondida en el mapa? Para empezar, León saldría mal retratada en blanco y negro. Me la imagino sepia, arrugada, desleída... La música de Gershwin no pegaría ni con cola en ese trasfondo de imágenes decadentes, con la catedral milenaria al fondo. Un cuarteto triste de Schubert, tal vez, o una jota de la tierra, que también las hay, interpretada en tono melancólico por un grupo folk con pandereta y castañuelas. 


Los viandantes vigorosos que en la película de Woody Allen recorren las calles buscando el amor, los museos, las cafeterías de moda, serían aquí, en León City, sosegados ancianos que a la caída del sol toman las avenidas arboladas, asaltan los bancos de sentarse, alimentan con migas de pan a las palomas... Nuestros jubilados y jubiladas necesitan tres pasos para recorrer el mismo espacio que un anciano de Nueva York avanza con uno solo. Ellos son descendientes de los bárbaros, de los vikingos, de los celtas del norte, y por su sangre corre sangre guerrera y salvaje. La de aquí sería una película con un ritmo muy diferente, lentísimo, como de cine iraní. Ahora que lo pienso, Abbas Kiarostami usa gafas de pasta, y alguna vez se ha dejado caer por Valladolid, a la Seminci, tan cerquita de León... ¡Horror!
La Tracy de León City no sería una chica tan hermosa como Mariel Hemingway. También las hay guapas, por supuesto, en estas tierras de la meseta superior, pero viven escondidas, en los barrios residenciales de lujo, en las piscinas privadísimas del verano, en las plantas de moda de El Corte Inglés, a donde llegan en helicóptero, o por la puerta de atrás, flanqueadas por varios guardaespaldas de la montaña leonesa, fornidos, musculados, hijos de mineros, nietos de pastores que compartían el queso con los lobos. Son inalcanzables, las chicas guapas de León. Siempre lo fueron. Si una de ellas, en la primera adolescencia, empezaba a despuntar y a confundir a los varones, rápidamente la metían en un furgón blindado y la trasladaban a Madrid, o a Barcelona, a hacer la carrera de modelo, y de actriz publicitaria, lejos de nuestro deseo pueblerino. Luego, las más hermosas, o las más afortunadas, o las que menos asco le hacían a eso, se ponían un nombre artístico y cruzaban el charco pequeño, a Londres, o el charco enorme, a Nueva York, a codearse con los artistas de las revistas. Mariel Hemingway, la Tracy de Manhattan, bien podría ser Laura Pérez, natural de León, hija de Manuela y Atanasio, linda flor de su barrio que apenas puso color en las aceras fue arrancada de cuajo y llevada hasta allí, en un periplo circular que finalmente nos la devolvió, aún más hermosa si cabe, y madura, pero intocable, escondida tras la pantalla.



Tracy: Tengo que tomar el avión...
Isaac: Ah, vamos, vamos... No puedes irte, Tracy.
Tracy: ¿Por qué no hiciste esta aparición la semana pasada? Seis meses no es tanto. Y no todo el mundo se corrompe. [Isaac  suspira, descreído] Has de tener un poco de fe en las personas.
[Isaac no sabe si reír o llorar. Le gustaría confiar en Tracy, confiar en las personas, pero ese sentimiento de plenitud, de concordia con la humanidad, no termina de salir de su estómago. Sonríe, tímidamente, como diciendo: “Ya veremos”. Obviamente, no confía en ella. Es el fin del amor. El fin de su aventura con la joven. El fin de Manhattan”.




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