La vida de Pi

Me enfrento a La vida de Pi con un prejuicio negativo y urticante que Ang Lee, maestro de tantas películas anteriores, seguramente no se merece, pero que no puedo silenciar. Y es que andan los católicos muy contentos con las andanzas de Pi, y su tigre de Bengala, y eso es un síntoma inequívoco de que me voy a aburrir mucho, o de que me voy a enfadar hasta la rojez  con alguna propuesta espiritual metida con calzador. 



Ahora que los piadosos se han adueñado de las ondas hertzianas y de las palabras impresas,  y que sólo en Radio Pirenaica y en Mundo Obrero se vuelven a escuchar tímidas disensiones, es muy difícil no saber por dónde van sus gustos. Aunque no quieras, te los topas a todas horas en la radio, en las tertulias de la tele, en los artículos de opinión. Hace años bastaba con no ir a misa y con no comprar el ABC para olvidarte por completo de que los católicos existían, aunque conformaran la mayoría social. Sabías que estaban ahí, que procreaban, que enviaban a sus hijos a los mejores colegios de la ciudad. Que los domingos por la mañana celebraban sus ritos y luego tomaban las calles y los bares del aperitivo vestiditos para la ocasión, bendecidos y primorosos, limpios de toda mancha para volver a pecar como cosacos durante la semana. Uno, los domingos, para no encontrárselos, dormía hasta las tantas, o se iba a ver el fútbol del barrio. Eran reglas simples que te permitían vivir apartado de su influjo, y de sus monsergas sobre el Cielo que les esperaba como recompensa. Ahora, sin embargo, los creyentes viven un domingo perpetuo: están en todos los sitios, perorando contra los gentiles, clamando contra los rojos, ensalzando películas infumables que elevan a los altares porque son portadoras de verdades como puños, y de valores eternos. Sus verdades, claro, y sus valores, por supuesto.
            Mientras Pi va relatando su extraordinaria aventura al espectador boquiabierto, uno nota que los prejuicios anticatólicos ceden, y se doblegan, como espaguetis durísimos sometidos a lenta cocción. Uno sabe que tarde o temprano llegará el mensaje divino que ha dejado turulatas a las monjas, y enfebrecidos a los reverendos. Pero mientras ese momento no llega, uno navega complacido y relajado, mecido por la singularidad del texto y por la fuerza poderosa de las imágenes. Es un bonito cuento, La vida de Pi. Un festival de colores, de fantasías, de imaginaciones desbordadas. Ang Lee se habrá vendido al enemigo, pero sigue siendo un director de cine cojonudo. Tiene La vida de Pi, incluso, algún momento traicionero de sentimientos que se te suben a la garganta, aprovechando que uno ha dejado su fusil al lado del sofá y yace desarmado e hipnotizado. 



Faltan cinco minutos -¡sólo cinco minutos!- para llegar al final cuando el bofetón teológico, tan temido, tan esperado, tan innecesario a fin de cuentas, irrumpe en el guión y convierte el cuento en parábola, el argumento en sermón, la película en Biblia ilustrada. Lo peor es que no hay milagro, ni revelación, ni nada. Uno esperaba las campanas en el cielo de Rompiendo las olas, o la resurrección de la mujer muerta en Ordet. Un acontecimiento supranatural que dejara constancia de que existe un Dios omnipotente y juguetón escondido tras las nubes. Pero no. El momentaco religioso es un simple argumento -chusco, endeble, de primer curso de filosofía barata- que lanza Pi a los espectadores para  demostrar, sin lugar a dudas, que Dios existe. Pi, de repente, se nos transustancia de narrador a teólogo, alcanzando las cotas dialécticas de un Santo Tomás de Aquino de Tercera División, de un San Anselmo que se hubiera bebido la cuba de vino del monasterio. 


Pi, para no joderle a nadie el argumento, viene a decirnos: ¿Qué historia de la Creación prefieres escuchar? ¿La narración del mundo que propone la Ciencia, con su Big Bang y su Teoría de la Evolución, tan aburridico y tan lento todo, tan abstruso y  tan mecanicista, tan científico y tan poblado de intelectuales con bata blanca y gafas de pasta que aburren a las ovejas con su germanía, o esta otra tradición, maravillosa, colorista, poética, milagrera, que nos propone la Sagrada Biblia, con su Dios barbado de dedos mágicos que va creando las cosas y decidiendo los destinos como un mago manejando su chistera? Ya que eres un hombre libre con capacidad de elección,  ¿con qué explicación de la vida te quedas? ¿Cuál te parece más bonita? ¿Cuál te parece más veraz? La de Dios, obviamente, nos responde Pi sonriendo, como un tontaina, como si lo bonito y lo veraz fueran palabras sinónimas, y así, anudadas, constituyeran un argumento teológico irrebatible. Tres milenios de filosofía occidental resumidos en una simple palabra: bonito. Un momento de oro en la historia de la humanidad, el discurso de Pi. ¡Cuántas discusiones nos habríamos ahorrado los ateos de cualquier época si hubiésemos comprendido que estaba ahí, en la belleza de los textos bíblicos, la prueba indudable de que existe un Creador! No en el significado, sino en el significante. No en el fondo, sino en la forma. No en el razonamiento, sino en el estilo ¡Qué tontos hemos sido! Bienvenidos sean también los unicornios, los duendes, las hadas... Tan bonicos ellos, y por tanto tan reales, tan ontológicamente incuestionables.


Gracias, Pi, por tus enseñanzas. Por la luz. Por la verdad. Por el bautismo. Hay que joderse...

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