Shakespeare in love

Es difícil  escribir sobre las películas que a uno le gustan. La soltura que mueve la mano cuando se teclean críticas mordaces, se torna pesadez de plomo cuando llega el momento de pergeñar los aplausos. La mala baba se transustancia en almíbar que lleva el discurso hacia la frontera de lo cursi. A veces, si no se tiene cuidado, se llega a poner un pie en el otro lado, y lo sacas de allí todo pringoso, embarradito de azúcar. La imaginación de uno, tan limitada y tan torpe, es sin duda culpable de esta incapacidad para redactar lo laudatorio. Pero es que el idioma castellano, además, ayuda muy poco. Las palabras denigrantes o despectivas suenan bien al oído, y llenan de empaque los folios en blanco. Son rotundas, ásperas, consonánticas. Acuden a la mente casi sin esfuerzo, atropelladas, malignas, como un ejército de duendecillos. Los adjetivos positivos, en cambio, son de fonética amable, y de grafía suave, y a los cínicos amargados nos cuesta mucho rescatarlos del vocabulario. Sólo cuando hablo de las mujeres hermosas que me roban el corazón, brotan los elogios del diccionario como flores en primavera. En cambio, cuando no hablo de sexo, apenas crecen como tallos escuálidos y medio podridos, y compongo con ellos unas ensaladas literarias muy poco sabrosas y nutritivas. Saben a mariconada, a folletín romántico del siglo XIX. 



Es por eso que uno termina de ver películas como Shakespeare in love, y en lugar de lanzarse al grano de la alabanza, y al pormenor cuidadoso de los méritos, se para en contar tonterías como ésta del idioma castellano. Soberbia, magnífica, magistral... Qué mal suena todo esto, cuando hay que elogiar una película. Son palabras gastadas, engalladas, que se pasean por el folio meneando el culo como prostitutas gordinflonas. Son viejas maquilladas, feas recién pasadas por la peluquería. 
Gwyneth Paltrow reluce más que el sol del mediodía y que la luna llena de la medianoche, pues su cabello rubio y su piel blanca reflejan y multiplican por mil la luz que los alcanza. Es ahí, en el trance del amor, cuando ya pierdo del todo el sentido del ridículo, y me lanzo al vacío del tonto romanticismo. ¡Pero cómo describir, ay, ya descendido de la nube, los otros méritos que convierten Shakespeare in love en un clásico sólo santificado en los salones más selectos! ¡Cómo ensalzar la música sublime, el guión ingenioso, el oficio de los actores! ¡Cómo hacerlo sin que se noten las costuras del escritor aficionado, del impostor descarado de la literatura! Sólo soy un provinciano que se soba los huevos mientras ve las grandes películas, y que deja escapar, en el momento que surgen, magníficas ocurrencias que puestas en un folio me harían vender innúmeros libros, y hacerme millonario, y volverme deseable ante la mirada de mujeres tan hermosas como Viola de Lesseps.





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