El exótico Hotel Marigold

Saco el ordenador portátil de su maletín para escribir unas cuantas maldades sobre la aburridísima El exótico hotel Marigold, y el disco duro externo, que no recordaba haber dejado allí sin amarras, cae al suelo. Es un ligero “crash” el que llega a mis oídos. Ni siquiera ha rebotado en la baldosa. Ha caído plano, barrigón, como un saltador desentrenado del trampolín. Más “plof” que “crash”, realmente. Lo recojo, vuelvo a conectarlo, y el monitor, para mi sorpresa, se vuelve todo azul, y empieza a escupir códigos alfanuméricos, anglosajones, de los que sólo entiendo uno en concreto: disco duro escoñado; siniestro total. Se me ha muerto el disco de un golpecito, de un ligero cachete, que seguramente le ha alcanzado en la nuca, o en el centro justo del corazón. Cerca de cuarenta películas llevaba guardadas en su vientre, el fruto de mis saqueos por los siete mares que yo atesoraba como una hormiguita para pasar el verano sin apuros. Ahora, por culpa de un descuido, yacen perdidas en el fondo del mar, a kilómetros de profundidad de mis conocimientos informáticos. Podría organizar una expedición de rescate y llevarlo a la tienda, a que un nerd desenvuelto y vivaracho desenredara los datos. Pero temo que me van a estafar, y que me va a salir más cara la reparación en los astilleros que la compra de un nuevo barco. 


Trato de apuntar en una libreta los títulos perdidos en el naufragio, para volver a robarlos con la paciencia infinita del pirata profesional, pero apenas puedo recordar una veintena de ellos. Los otros veinte, que en su día tuve por urgentísimos, por imprescindibles, que me hicieron perder tiempos preciosos entre mares embravecidos y calmas chichas inaguantables, ahora se desvelan como caprichos de neurótico, como antojos de embarazada. No serían tan grandes películas, o tan necesarias películas, si ahora que trato de recordarlas descubro que se han fugado de mi sala de urgencias. No eran el fruto de mi curiosidad, o de mi cinefilia responsable, sino el síntoma inequívoco de mi ansia viva, de mi voracidad primitiva, ¡de mi sinsentido del tiempo!, que sigue soñando con espacios siderales donde los días y los años se suceden en un infinito inagotable y sucesivo, en el que no existen ni el deber, ni el trabajo, ni la muerte. 



Con este disgusto mayúsculo del disco duro destrozado y de mi enfermedad mental renacida, ya no quiero escribir nada sobre El exótico Hotel Marigold. Tuve que haberla dejado a los quince minutos , cuando percibí –y no es un gran mérito intelectual que digamos- el tono antenatresiano y sobremesero de su propuesta. Los ancianitos en la India folklórica y sus cuitas sexuales del pito caído y la vagina reseca... Bah. Una tontería sufragada por el INSERSO británico –INSERSOU- para convencer a las personas mayores de que viven en la mejor de las edades, y que han de seguir comprando, y  viajando, y poniéndose guapos, para que siga la fiesta y no decaiga el negocio. Una ridiculez sentimental que sólo salvan sus grandes actores y sus tremendas actrices, y que sólo he sobrellevado hasta el final por respeto al buen amigo que me la recomendó, ahora un poco menos amigo en el escalafón, degradado en un rango al menos, o quizá en dos, quién sabe, si no dejo de escribir ahora mismo y dejo de acumular sulfuro en la sangre...


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