Pixie, Dixie y Mr. Jinks se mudan a Deadwood

Dice Pepe Colubi en su libro ¡Pechos fuera!, exégesis desternillante de las series de televisión que un día fueron y ahora son:
         “William Hanna y Joseph Barbera parían series sin descanso y recortaban gastos con igual frenesí; para la posteridad han quedado esos fondos fijos que abarataban las secuencias de persecución”. 



Colubi habla de Los Picapiedra, de El oso Yogui, de Pixie y Dixie, cartoons que desembocaban en carreras locas que repetían una y otra vez el mismo fondo, para facilitar el trabajo de los animadores, y ahorrar de paso unos dólares a la productora. Pero yo, al leer esto, he recordado que Deadwood, la cacareada Deadwood, la mítica Deadwood, bien podría haber sido una producción Hannah & Barbera para adultos del siglo XXI. En esencia, Deadwood es una calle alargada que los mineros y los pistoleros, los comerciantes y las putas, recorren cuarenta veces al día para concretar negocios o abrirse las tripas de un disparo o de una puñalada. Ese fondo invariable de los barracones de madera es tan monótono como aquellos que se pintaban en los dibujos animados. Jamás vemos las montañas, el valle, los cielos de Dakota. Muy pocas veces se nos muestra el arroyo de donde se extraen las pepitas de oro o los caminos por los que llega la civilización montada en diligencia. No existen los indios, los praderas, los otros pueblos del contorno. Sobre Deadwood de Arriba ya conocemos cada esquina y cada incidente, pero sobre Deadwood de Abajo, ese pueblo que seguramente está un poco más abajo en el valle, y que vive pacíficamente de la agricultura y de las vacas, nunca nos llega noticia.  Como si no existieran, los pobres. 


¿He dicho que sobre Deadwood de Arriba lo sabemos todo? Falso. Las cámaras de la serie sólo conectan con el poblacho cuando sus habitantes ya viven recogidos para la hora de la siesta, o para la hora del puterío. Nunca les vemos trabajando, a no ser que estén construyendo o derribando algún nuevo barracón en la calle sempiterna, para dejarlo todo igual, por supuesto. La serie, poco a poco, se va convirtiendo en un tostón de mucho cuidado. Los guiones vienen a ser el cruce cacofónico de docenas de amenazas cruzadas entre los personajes. Que si te mato, que si te rajo, que si te vendo; que si te robo, que si te follo, que si te pego. Deadwood está cayendo en la espiral  de un culebrón de sobremesa sudamericano. Con grandes actores, eso sí, y enjundiosos diálogos, de vez en cuando. Sólo por eso permanezco aquí, en la barra del bar, bebiendo zarzaparrilla mientras asisto mudo al espectáculo, aguantando la balacera de bostezos que de vez en cuando se me viene encima. De momento...



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