La vergüenza. Ingmar Bergman

Hacía muchos meses que no sentía este vacío, esta desolación. Esta vergüenza. He vuelto a quedarme solo en la crítica mordaz, en la cruzada iconoclasta. Cuando pensaba que eran muchos los resentidos que venían detrás de mí siguiendo la bandera de mi disgusto, he vuelto la vista atrás para descubrir que no había nadie, sólo campo vacío, y mis pisadas sobre el barro. Mis compañeros de la legión se han quedado en casa, escribiendo en sus ordenadores, afilando sus ingenios, bendiciendo las virtudes del que yo suponía que era un enemigo común. Son unos traidores. O yo un desnortado. 
            Me he quedado solo frente a La vergüenza de Ingmar Bergman. Avergonzado de mí mismo. Avergonzado de esta cinefilia impostada, de salón casero, que quizá sólo es un invento locuaz para tirarme el rollo. Una estrategia reproductiva disfrazada de gafas de pasta y de estanterías rebosantes de DVDs. Una mentira, y una pérdida lamentable de mi tiempo. A veces no sé que pinto por las noches, desplomado en mi sofá, programando ciclos de directores vetustos que en el fondo no me interesan, o me interesan lo justito. No soy un crítico maldito exiliado en la provincia. Lo mío, desde siempre, fueron las hostias gratuitas, las tetas descamisadas, las tramas simplonas que mi cerebro básico, de muy poquitos gigas de memoria, pudiera entender sin complicaciones.



 Son pensamientos oscuros, y quizá inexactos, que me sacuden en días solitarios como éste. Mientras a otros, el 13 de Mayo, en Cova da Iria, se les aparece la Virgen y les susurra al oído que son personas elegidas por Dios y tal y cual, a mí, sin salir de la península, se me aparecen los fantasmas de la estulticia para decirme que pare ya, que no finja más, que Bergman y sus pelusillas del ombligo, magistralmente fotografiadas, y con unas suecorras bellísimas que viven allí de alquiler, quedan muy lejos de mi entendimiento. Que estoy haciendo el ridículo. Que estoy fuera, out, chocho. La vergüenza -que a mí me ha parecido un truño, una kafkianada, una refrito descarado de Vargtimmen- resulta, para mi asombro, para mi desdoro, para mi completa humillación intelectual, que es aplaudida en todos los círculos cinéfilos, incluidos los más iconoclastas y posmodernos donde yo antes celebraba mi apostasía. Que todo el mundo, sin excepciones, sin disidencias, con unas mínimas matizaciones, tiene a La vergüenza por una obra maestra incontestable, sublime, el drama modélico de un Bergman en plena forma que regalaba genialidades, sutilezas, disecciones muy profundas del alma humana, pero sólo a quien tiene ojos para apreciarlas, y oídos para comprenderlas. E inteligencia para aplaudirlas.



Aquí yazgo, medio listo y medio tonto, en el sofá incómodo y recalentado de los primeras noches abrasadoras. Harto de Bergman. Harto de no comprenderle. Harto de vagar por la isla de Farö sin entender a sus malditos habitantes. Quiero huir de Suecia y refugiarme en otro cine más comprensible, más adaptado a mis menguantes capacidades. Me tienta otra vez el gran ciclo dedicado a Woody Allen, ahora que he visto el documental que resumía su vida y obra. A mi hermano de Nueva York sí que le entiendo cuando reflexiona en voz alta. Habla del sexo y de la muerte en términos comprensibles, a veces en tono de comedia, a veces en tonos más bergmanianos, pero siempre con un discurso modesto, pedagógico, sazonado de chistes. Es el maestro ideal de los grandes temas para tontitos como yo. Allen, que es el paciente hipocondríaco de los psicoanalistas de Nueva York, es al mismo tiempo el psiquiatra ocurrente y simpático que me cura las depresiones. Tengo que llamar para pedir cita...


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