Psicosis. Mis terrores favoritos

Hablan en la radio del impacto tremebundo que produjo Psicosis en los espectadores de 1960. Tuvo que ser un acontecimiento brutal, rompedor, del que ahora los espectadores modernos, hechos a la sangre y a los terrores, no llegamos a hacernos una idea cabal. No se veía una cosa igual desde que los hermanos Lumière proyectaron su primera película en París, y los asistentes, aterrorizados ante el tren que creían real y próximo, se levantaron despavoridos. Los espectadores de Psicosis eran un público virginal, desentrenado, que se quedó boquiabierto y acojonado con la famosa escena de la ducha. Cuentan en la radio que a tanto llegó el miedo, la sugestión, la paranoia tan genuinamente americana, que en Estados Unidos se hundió el mercado de cortinas de baño no transparentes. Algún pobre desgraciado que se ganaba la vida honradamente se fue a la bancarrota por culpa de Hitchcock. 



Yo mismo, de chaval, virgen todavía de los terrores cinematográficos, recuerdo haber tenido miedo en la ducha de mi casa, durante semanas, o meses, tras haber visto Psicosis una noche de lunes en Mis terrores favoritos, en aquellas sesiones de desensibilización al terror que mi padre estableció como obligatorias, para hacerme hombre de provecho, y que ya narré aquí en otra entrada, y que tan traumatizadito me dejaron. Yo cerraba los ojos para que no entrara en ellos el champú y durante esos segundos eternos de frotamiento capilar uno se imaginaba la puerta abierta, la silueta recortada, la mano que apartaba la cortina, el cuchillo cocinero que surcaba el aire... Era un pensamiento estúpido, matemáticamente improbable, allá en el León de los años ochenta. No había familiares locos que vivieran en casa, ni ladrones que buscando el joyero se metieran en el baño disfrazados de bata y peluquín para asesinar al muchacho de la casa. Era una idiotez estadística, un miedo sin fundamento, un mero recordar la puta escena porque uno estaba allí, desnudo, bajo el agua. Pero ya es sabido que en los segundos eternos del champú los fantasmas vagan a su antojo, alimentándose de espuma, y de agua caliente. Yo también fui una víctima de Psicosis, diferida en el tiempo, algo anacrónica ya. Un damnificado de guerra al que le surge el mal veinte años después, y que ya no puede pedirle explicaciones a nadie. Un sufridor silente bajo la ducha. La higiene corporal no fue una de mis prioridades en aquellos tiempos.


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