Bukowski y la música clásica


Leo en El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco este apunte de Charles Bukowski sobre la música que él escuchaba cuando escribía sus misantropías, y sus indecencias provocadoras. Es, por lo que cuenta, la misma música que a mí me acompaña en estas tareas esforzadas de redactar malamente mi cinefilia. La música clásica de los siglos pasados, casi siempre centroeuropea, sublime, e irrepetible. Si no fuera por estas melodías maravillosas que surgen del ordenador, uno, como Bukowski, jamás se pondría a escribir. Cuando cesan las notas, en las pausas, o al final del repertorio, mis dedos dejan automáticamente de teclear, y mi mente se queda en blanco, desorientada. Soy como un autómata accionado por el sonido. Yo no escribo: tamborileo. Me limito a seguir el ritmo aporreando con los dedos, como un pianista sin piano, y las ocurrencias, ellas solas, sin que nadie las convoque, van emergiendo del preconsciente, como la escritura automática que surge de los médiums cuando entran en trance, y que en su caso, como en el mío, sólo es palabrería inconexa e ilegible. 



Escribía Bukowski:
“Toda esta masa de música sublime, siglos y siglos de música, me deja completamente maravillado. Debe de ser que una vez vivieron muchos grandes espíritus. No me lo acabo de explicar, pero es mi gran suerte en la vida, tener esto, sentir esto, alimentarme de ello y celebrarlo. Nunca escribo nada sin la radio puesta, con música clásica sintonizada; siempre ha sido parte de mi trabajo, escuchar esta música mientras escribo. Quizá, algún día, alguien me explique por qué una parte tan grande de la energía del Milagro se encuentra en la música clásica”.

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