American Splendor

El cine, de vez en cuando, me presenta hermanos  que no son sangre de mi sangre, que viven en otras culturas o en otros tiempos, pero que guardan, insospechadamente, un gran parecido con mi propia manera de pensar, de conducirme por la vida. En ellos reconozco mis virtudes y mis defectos, y son como la radiografía o el escáner del interior que no veo. Incapaz de ser sincero conmigo mismo, me miro en el espejo que estos personajes me proporcionan. Allí pudo examinarme congelando los diálogos, estudiando las imágenes, reflexionando sobre lo que he visto y oído cuando acaba la película.  




            Siguiendo la pista de Robert Crumb, vuelvo a ver, después de varios años, la inclasificable película American Splendor. Allí me reencuentro con mi hermano nacido en Cleveland, Harvey Pekar. Harvey, fallecido hace tres años, era un  archivero de hospital que allá por los años 60 tuvo la suerte de conocer a Robert Crumb, y entablar  amistad con él. Juntos parieron el cómic underground American Splendor, en el que  Robert se encargaba de los dibujos y Harvey de los guiones. Allí contaba, sin aderezos, sin fantasías, su vida propia vida de funcionario mal pagado y de hombre fracasado en sus matrimonios, en el paisaje decadente y postindustrial de Cleveland. Harvey jamás hace ejercicio; se pasa los días laborables sentado en su pequeña oficina, imaginando vidas mejores; los fines de semana los consume tumbado en el sofá, viendo la tele, comiendo porquerías, escuchando sus discos de jazz con la mano siempre palpando la entrepierna. A grandes rasgos, viene a ser la vida que yo también llevo, o al menos la que anhelo en secreto, la que viviría como un cerdo en su lodazal si las obligaciones no tiraran de mí con el gancho. Cambiemos oficina por aula, y la industrial Cleveland por la contaminada Ponferrada, y ya podríamos intercambiar nuestros papeles, y Harvey convertirse en el espectador de una película que me tuviera como protagonista: Bercianish Splendor, la celtíbera desventura de un gordinflón enamorado de Natalie Portman que se refugia en las películas para olvidarse de que ya está casado con otra mujer, y de que tiene un hijo a punto de entrar en el negro túnel de la adolescencia, y de que el tercio de vida que le queda por vivir se pronostica en los telediarios con más nubes que claros, y chubascos tormentosos a media tarde. Pekar es una exageración negra de mí mismo; un yo al que hubiesen estirado por aquí y por allá, dibujando una caricatura como ésas de los puestos callejeros. El parecido es, de todos modos, en algunos rasgos, inquietante. American Splendor es una advertencia que el cine me regala gratis con la entrada. 



De los soliloquios de Pekar:

“Cuanto más pensaba, más ganas de llorar tenía. La vida parecía tan dulce, tan triste.... Tan difícil de soltar al final... Pero vaya, cada día es una cosa nueva y distinta, ¿no? Hay que seguir trabajando, que algo saldrá”. 

 “Mi vida es un caos total. Con un poco de suerte, tendré una buena salud entre la jubilación y la muerte. Los años dorados, vaya. Quién sabe. [...] Claro, al final perderé la guerra. Pero el objetivo es ganar algunas escaramuzas por el camino, ¿no?”


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