Los Roper. El televisor

En el noveno episodio de Los Roper, el viejo televisor de George enferma gravemente a consecuencia del sobreuso diario. El técnico sanitario que acude a la emergencia dictaminará una estancia de siete días en el taller. Incrédulo, el señor Roper sufre un ataque de ansiedad fulminante, tirándose de los pocos pelos que le quedan. Siete noches sin televisor serán siete noches de conversación conyugal con Mildred, al calor de la música en la radio, y de los sonidos del tráfico que ronronea tras los ventanales. Horas interminables de cháchara improductiva, de discusiones sin objeto, de guerra sin cuartel entre los sexos siempre ajenos y diferentes. Y luego, quizá, en la reconciliación conyugal de la medianoche, algo de sexo culpable que ambos practicarán aburridos, e insatisfechos. Mientras él pasea de un lado a otro con los sudores fríos resbalando por su despoblada frente, Mildred, acomodada en el sofá, sonríe como una gata disfrutando por adelantado de las torturas psicológicas que practicará sobre su Yoooorsss, el ratonzuelo del laboratorio. Torturas que quizá sólo repasa, pues las lleva memorizadas en la cabeza desde hace tiempo, en previsión de tal tesitura.



Es una tragedia doméstica que los productores del programa sirven acompañada de muchas risas enlatadas, convencidos de que los espectadores se van a partir el culo con la situación. Pero quien esto escribe lo ha vivido como una desgracia muy seria, de  reminiscencias personales que aún me ponen los pelos de punta. Treinta años después de Los Roper, uno ya vive pertrechado de múltiples pantallas en previsión de estas catástrofes tecnológicas. Pero en aquella época, en los hogares convencionales donde una única televisión señoreaba los contornos del salón, la avería del aparato significaba el aburrimiento mortal de los chavales, y el encuentro siempre evitado de los matrimonios, a cara de descubierta, frente a frente, sin el perfil esquinado y orientado hacia la pantalla. Mil asuntos aplazados volvían a la palestra en ausencia de la tele, que encendida cortaba de raíz cualquier conversación peligrosa, y cualquier acercamiento indebido. Sin ella, se esfumaban las trincheras, y se rompían los tratados de amistad. El cuerpo a cuerpo se batallaba sin piedad, a bayoneta calada, en terrenos muy pantanosos e inestables. Le deben mucho, los matrimonios antiguos, a la televisión siempre en marcha, y muchas veces estropeada, en tensas esperas de la reparación que las señoras entretenían con los seriales de la radio, y el parloteo con las vecinas, y los señores en el bar de la esquina, con la baraja y los vinorros. Ahora, por fortuna, la cosa no es tan grave. Siempre queda la otra tele, o el ordenador, o el cinismo salvífico que nos regalaron los tiempos modernos, por mucho que los clérigos clamen contra él. ¿Decías, cariño...?


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