Persona. Las amantes de Bergman.

Casi me quedo dormido dos veces mientras veo Persona, una de las más afamadas películas de Ingmar Bergman. Al principio, encandilado y sorprendido, descubro a una actriz guapísima de pelo cortado a lo Jean Seberg que me recuerda, sin salir de la bendita Suecia, a la cantante rubísima del grupo Roxette. She’s got the look. Descubriré después en internet que la actriz en cuestión es Bibi Andersson, mujer que en otras películas de Bergman había transitado ante mi mirada sin llamar la atención del deseo, quizá disfrazada, o vestida de época. Aquí, sin embargo, la cámara se recrea en sus soliloquios, muchos de los cuales son además muy subidos de tono, con experiencias sexuales de la juventud y cosas así, y uno, casi sin quererlo, pues se había puesto a la defensiva en los cinco primeros minutos ininteligibles, se deja llevar por esta belleza rubia que surca las aguas caóticas del argumento.




            Bibi interpreta a la enfermera encargada de prestar cuidados a una actriz de teatro recién caída en el mutismo, y en la enajenación. La paciente loca es Liv Ullman, nórdica también del rostro bellísimo y de las formas rotundas, de la que luego leeré en internet que Ingmar Bergman, ese gran seductor y pichabrava, cayó enamorado precisamente en Persona. A uno le sorprende que Bergman, exquisito e implacable en su gusto por las mujeres, eligiera a la menos atractiva de la pareja. Siendo ambas nórdicas de rompe y rasga, quien esto escribe no dudaría ni un segundo en elegir a la Bibi Andersson del pelo cortado a lo garçon. Pero había truco, claro: en el segundo párrafo de la lectura descubriré que Bibi ya era una vieja amante de Bergman por esos tiempos, y que el mujeriego maestro sólo estaba probando una nueva fisonomía de mujer, por ir ampliando la colección.



 La fascinación por Bibi Andersson -que en su voz original convierte el idioma sueco en un arrullo sensual de erres y kas -me arrastra por el metraje hasta que en un momento determinado, hacia la mitad de la película, Bergman decide jugar a las falsas identidades y a los simbolismos inescrutables, y convierte Persona en un acertijo en el que ya no sabes si son dos mujeres las que interactúan o si una es el reverso psicológico de la otra, o la otra el reverso psicológico de la una. ¿Es una loca solitaria que desdobla su personalidad como Edward Norton en El club de la lucha? ¿O son dos locas de manicomio que se confiesan sus intimidades en el universo ficticio y compartido de una playa? Con las honorables excusas de siempre -que si la angustia y la depresión, que si la enfermedad y la muerte- Bergman experimenta nuevos códigos cinematográficos que a los espectadores corticos que vivimos en el siglo XXI nos dejan confundidos y mareados. 



Y sin embargo... 
Y sin embargo, a la mañana siguiente, mientras uno se entrega a las rutinas del aseo, las imágenes de Persona siguen rebotando dentro de la cabeza, misteriosas y persistentes. Se han quedado en el primer plano de la conciencia sin que el sueño las haya triturado y digerido.  El barrendero nocturno que otras veces limpia los grafittis de mal gusto antes del amanecer, esta vez ha sido incapaz de borrar las secuencias abstractas que Bergman dejó allí con pintura indeleble. No se me van las imágenes de estas dos mujeres acariciándose castamente ante la cámara. No las entiendo, pero me intrigan. Es algo muy bello, y muy sensual, que seguramente no significa nada, pero que va echando raíces en los surcos hortícolas de mi cerebro, como semillas con vocación de supervivencia. Es un blanco y negro esplendoroso, luminoso, con algo de grano. En la mirada de estas dos mujeres desquiciadas hay ternura, miedo, ensoñación, y también -porque Bergman es un sátiro de mucho cuidado, y yo en eso conecto mucho con él- un esbozo de lesbianismo soterrado. O quizá soy yo quien se imagina todo esto. Quizá no hay nada alegórico en esas composiciones, sólo dos mujeres bellísimas a las que Bergman, amante de ambas, rinde un íntimo y enigmático homenaje. Asuntos muy privados, y muy caseros, en todo caso. 



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