Cisne Negro

Tanto he hablado estos días de mi amor rendido por Jessica Chastain, y de los cuernos que a veces le pongo con Leonor Watling, que ya casi me había olvidado de que soy un hombre casado. Hoy he vuelto a ver Cisne negro para recordar el voto de lealtad que me une a mi esposa, y que a veces se me extravía, o se me olvida, cegado por el deseo instantáneo que me encienden algunas mujeres indiscutibles. 
Hace ya diecisiete años que contraje matrimonio con Natalie Portman en un casamiento apresurado, clandestino, celebrado con cuatro velas en las catacumbas oscuras de mi salón. Ella sólo tenía quince años cuando nos conocimos en una proyección de Beautiful girls, y tuvimos que amarnos a escondidas de las leyes, y sin la aprobación de los familiares. Y sin el conocimiento, por supuesto, de mi esposa real en la vida triste de las no-películas. Natalie y yo nos casamos en un idioma inventado que no era inglés ni castellano, a medio camino de nuestras realidades tan diferentes. Para vernos, y mantener fogosos vis a vis que refuerzan nuestro amor, nos citamos en una isla mítica que emerge en mitad del océano sólo para estas ocasiones, a requerimiento de los amantes, un territorio sin ley en el que no vive ningún teniente de alcalde, ni ningún cura investido de ultrapoderes, solos Natalie y yo con las aves migratorias, y con los líquenes que allí crecen.



 Natalie participa de todas las cualidades femeninas en un equilibrio exacto y milagroso. Es una mujer hermosa, pero no explosiva; recatada, pero no remilgada. Sexy, pero no sexual. A veces parece una niña y a veces te deja patidifuso con cuatro gestos de mujeraza. A veces parece una virgen a punto de desmayarse y otras te mira así como de soslayo y la lujuria chisporrotea en sus ojos almendrados. A veces sus pómulos se ruborizan con una tontería inocente e infantil, y otras se encienden con el fuego incandescente del deseo sexual.  A veces ni siquiera parece una mujer, sino una diosa modesta, terrenal, de las que se pasean entre nosotros para regalarnos la placidez que provoca su contemplación, generosa y benévola. Natalie tiene algo de etéreo, de inhumano, de deseo inaprensible. Es como si viviera entre nosotros y al mismo tiempo no estuviera aquí, holograma, o espejismo. A veces la fotografían tan bella en las películas, y tan pura, que se vuelve transparente, y ya sólo vemos el ectoplasma muy tenue del espíritu que anima sus movimientos. Natalie es el punto exacto donde se entrecruzan todas las poesías y todos los adjetivos. Vive como suspendida sobre la realidad. Es más espíritu que otra cosa. 



Termino de ver Cisne Negro y el amor renacido por Natalie me regala una hora más de vida, retrasando la huída cotidiana y cobarde hacia el sueño. Veo un nuevo episodio de Twin Peaks y me encuentro, quizá por casualidad, quizá en un guiño intencionado de los dioses, con este romántico aforismo que enuncia el agente de policía Hawk, no sé si perteneciente al acervo cultural de los indios, pero muy certero, en todo caso, y muy apropiado para este romance en el que Natalie Portman es emperatriz de mis Aurículas del Norte, y de mis Ventrículos del Sur. 

 “ Una mujer puede hacerte volar como las águilas. Otra te da la fuerza de un león. Pero sólo una en el ciclo de la vida te llenará el corazón de júbilo, y te acercará a la felicidad”.


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