Atraco a las 3

Atraco a las 3 es un retrato blanquinegro de la España pobre de los años sesenta. Hartos de contar los billetes que otros roban o evaden al fisco, los empleados del Banco de los Previsores del Mañana, que van cobrando sus sueldos en rácanas y raquíticas pesetas, deciden atracar su propia oficina inspirados en la estética gangsteril de los bandoleros americanos. El cabecilla del atraco, Galíndez –inmortal José Luis López Vázquez- es el único que anhela los millones para llevar una vida de ricachón. Como él mismo dice en una línea de diálogo, ha nacido para ser rico, y no puede remediar el deseo acuciante de los Mercedes, y de las playas del Caribe, al lado de una mujer rubia que no le ame por su belleza interior, sino clara, y sinceramente, por su dinero. Existe un parecido razonable, no sólo físico, sino también existencial, entre este Galíndez oficinista y el Dioni segurata que treinta años después llevó a buen puerto el atraco soñado, y le hizo justicia, efímera, pero gozosa, a la clase obrera.



Los demás secundarios de Atraco a las 3 se suman al plan de Galíndez para tapar los agujeros por los que, poco a poco, se les van escurriendo los sueños.  Los dos milloncejos de la época que les van a tocar en el reparto no les van a cambiar la vida. Ni ellos, tampoco, quieren cambiarla. Sólo quieren vivir mejor, hacerse clase media, sobrellevar las penurias insoslayables con más alegría y desahogo. Presumir ante el vecindario; salir a cenar los sábados por la noche; comprarse un televisor; quizá, también, un cochezuelo barato, para viajar a la sierra los domingos, a respirar el aire puro y escuchar los partidos del fútbol al mismo tiempo que el trinar de los pájaros. A qué países extranjeros iban a ir, de todos modos, con esas pintas, sin saber inglés, amarrados a la esposa, o a la suegra.  



Hace tan sólo cinco años, Atraco a las 3 era una película vieja, divertida, la tragicomedia de una España decadente y superada. Ahora, para nuestra desgracia, ha recobrado una vigencia inesperada. Sus pobres ya no nos parecen tan pobres. Vemos a estos empleados mal pagados y nos acordamos mucho del pariente que ahora también trabaja en un banco, que antes ganaba un buen sueldo y ahora le tiran monedas para que las coja con los dientes, como un perro, los muy hijos de puta. Hay algo en las caras de los actores, algo de la necesidad y la amargura que esas gentes vivieron en la posguerra, que está regresando a los rostros de los trabajadores (y sobre todo no-trabajadores) de nuestro tiempo. Aún no pasamos hambre, pero ya estamos empezando a comer mierda muy barata.  Sabemos que los personajes de Atraco a las 3 son de hace tiempo porque  salen en blanco y negro, y visten distinto, y no llevan teléfono móvil. Por lo demás, se parecen mucho a los desgraciados que ahora mismo malviven con sus sueldos recortados, con sus prestaciones denegadas. En un viaje de ida y vuelta que ha durado cincuenta años, estamos otra vez como al principio, viendo pasar los billetes que otros desfalcan, o directamente utilizan para limpiarse al culo. En esto se quedó la Transición, y la amada Monarquía, y los primeros de Mayo de banderas rojas y tricolores exhibidas en libertad. A falta de justicia social, los curas han vuelto a tomar las calles para predicar las virtudes de la caridad, y recordarnos a los pobres la bondad intrínseca de los ricos que aportan sus limosnas. Y da gracias al Señor, te recuerdan, además. 



En una escena de la película, los confabulados visitan a su compañero Cassen en el hospital, recién operado de apendicitis. Llegan justo a la hora de la comida, y quedan sorprendidos del menú excelente que allí se sirve. Salivan, especialmente, ante una pechuga de pollo que está gritando cómeme, doradita y jugosa. Le piden permiso para probar un bocado y al final terminan, entre todos, dejándole sin almuerzo. No comen con gula, sino con hambre. El enfermo, sin embargo, no se enfada con ellos. Dice que ha comido tanto en esos días que está casi harto, y que no le viene mal un respiro. Hace unos pocos años, ésta era una secuencia cómica, donde nuestros grandes actores exhibían el gracejo y el oficio. Ahora ya no te ríes con la ocurrencia. Yo ya he visto antes esta escena, en la vida real, hace unos meses, en el hospital comarcal del siglo XXI, mientras paseaba por el pasillo y espiaba de reojo las habitaciones. Atraco a las 3 se va haciendo drama, documento, informe semanal...


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