Los comulgantes

Si hace unos días, con el silencio trastornado de aquellas dos hermanas bellísimas e incestuosas, Bergman extrajo de mi quijada los bostezos más amplios que uno recuerda, hoy, en cambio, con el silencio de Dios que se apodera del alma atormentada de este pastor luterano en Los comulgantes, mi quijada reposa tranquila de sus masticaciones, y es el alborozo del espectador complacido el que se abre y se expande para estar muy atento a las conversaciones que se van sucediendo en la sacristía y sus aledaños.




            Para uno que esto escribe, que dejó de escuchar la voz de Dios hace mucho tiempo, cuando tuvo que elegir entre el cielo o la lujuria, entre las nubes de algodón o las mazmorras ardientes del pecado, esta crisis del pastor Tomas Ericsson no le pilla muy de sorpresa. Uno siempre ha sospechado que son muchos los sacerdotes descreídos de su fe. De muchachos, cuando son ordenados en solemne sacramento, se les hace entrega de una caja que guarda el secreto valiosísimo de la Suprema Existencia, envuelto en mil celofanes multicolores de encíclicas y teologías, y tarde o temprano, los más dubitativos, los que sintieron la llamada de Dios una mañana lluviosa de domingo y nunca más volvieron a escucharla, les da por mirar dentro y no encuentran nada. El interés de Los comulgantes no está en el grito angustioso de sus personajes –del propio Bergman, realmente- que llaman a Dios sin obtener respuesta de esos cielos plomizos que se ciernen sobre Suecia. Allí porque siempre está nublado, y en las costas del Mediterráneo porque siempre hace sol y aprovechan para entregarse a los placeres mundanos, el caso es que estos suecos y suecas han nacido para ser gentes descreídas. Quién creería, además, viviendo en Estocolmo o en Malmoe, en un dios adusto de barba blanca que nos vigila con el catalejo triangular desde una nube, teniendo alrededor, en cualquier dirección que reposes la mirada, un ejército terrestre de diosas rubísimas, hijas de Odín y hermanas de Thor, que se codean contigo en cada trámite de la vida, carnales y próximas, tan poco metafísicas que hasta puedes tocarlas y oler su perfume. 



No. El silencio de Dios entre los suecos es un hecho que damos ya por descontado. Lo importante de Los comulgantes no reside en este drama. Ni tampoco en ese gélido amorío que viven el pastor luterano y la maestra rural enamorada de él sin esperanzas, pues nadie podrá sustituir a la fallecida esposa del predicador, que al parecer lo volvía loquito en la cama, y le tenía tan feliz que no necesitaba plantearse la existencia de su Creador al comienzo de cada sermón, tan contento con su vida, y con su rutina pueblerina. Lo que me interesa de Los comulgantes es la tragedia cotidiana de quien se levanta todas las mañanas para ir a trabajar pero ya no cree realmente en su trabajo. De quien vive de predicar la palabra de Dios, o la palabra de la ciencia, y sin embargo hace ya tiempo que dejó de creerse sus propios discursos. Pienso en los sacerdotes sin fe, sí, pero también en los pedagogos que han comprendido el poder irrebatible de la genética; en los adivinos que han descubierto que lo suyo sólo son chiripas afortunadas; en los psiquiatras que han comprendido que sólo la exactitud de una medicación, y no los mamotretos ni las sesiones en el diván, pueden curar a sus enfermos de la locura. Pienso en la miseria cotidiana de esta gente, escéptica del oficio que una vez creyeron sustentado sobre firmes verdades, y que ahora han de fingir su convicción para seguir pagando las facturas, y llenando los platos de comida. También pienso, por supuesto, en los políticos. Pero estos, a diferencia de los otros infelices, son autómatas sin alma, cínicos perfectos, gente sin escrúpulos. Los políticos jamás flaquean cuando sueltan sus mentiras en público. Y si alguno flaquea, jamás llegamos a verlo en la televisión, ni en los mítines, porque nunca lo promueven desde su pequeño ayuntamiento, o desde su insignificante labor en la militancia. Ningún asomo de duda ensombrece la mirada o entorpece la palabrería de quien va superando los filtros del partido. Mienten con tanta maestría que no te los puedes creer. Que no te los debes creer.


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