Kiarostami contraataca

Leo en el periódico que un nuevo terremoto ha asolado las tierras de Irán, esta vez en la frontera con Pakistán. El primer sentimiento que emerge de las tripas es el lamento por las víctimas mortales que ya anuncian las agencias de noticias. El segundo -y no pretendo hacer comedia con la tragedia tan reciente, sino más bien ahondar en ella- es el miedo cerval a que Abbas Kiarostami coja la cámara y se plante allí para regalarnos una nueva trilogía sobre la reconstrucción inmobiliaria y moral de sus compatriotas caídos en desgracia. Con cuatro mandangas que filmase entre los cerros y los rebaños, ya le caerían decenas de galardones en los festivales del ancho mundo. Y uno, ante el peso abrumador de los premios, aunque haya jurado que nunca más recaerá en la tentación, se vería en la obligación cinéfila de verlas, por decencia, por decoro, sabiendo que iba a perder tres noches preciosas de su vida en el intento, aunque luego, eso sí, se echara unas risas aquí, con los colegas de la cinefilia protestante.

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