Exit through the gift shop

Uno pensaba que Exit through the gift shop iba a ser un documental enjundioso sobre Banksy, el grafitero más famoso del Street Art, personaje encapuchado y enigmático, autor de esas ingeniosas provocaciones que decoran los muros de varias ciudades, y que ya se han convertido en patrimonio artístico protegido, como pinacotecas al aire libre, como pinturas rupestres que dentro de algunos milenios sólo podrán visitar los expertos arqueólogos, para que no se estropeen.  Pero resulta que no. Exit through the gift es, al parecer, porque tampoco queda muy claro en el juego de engaños, un documental que el mismo Banksy ha realizado sobre el tipo que lo perseguía con su cámara por doquier, mientras pintaba sus transgresiones. Y ni siquiera esta línea argumental queda muy clara, pues el tal maniático de la cámara, conocido en el mundillo como Mr. Brainwash, artista hiperactivo y de medio pelo, es un personaje que queda a medio camino entre la realidad y la ficción. ¿Existe, realmente, este tipo bigotón que empezó su carrera haciendo de cameraman y ahora vende sus pedos pintados a millón de dólares por efusión? ¿O sólo es un actor –prodigioso, en tal caso- que sigue al pie de la letra el guión ficticio elaborado por Banksy?  Dicen algunos que Mr. Brainwash sí existe, que basta una búsqueda sencilla en internet para encontrar sus referencias biográficas, y sus producciones artísticas. Otros, en cambio, aseguran que lo que figura en internet también es falso, la continuación de esta coña marinera sobre las falsas identidades, y el falso arte, que Banksy ha perpetrado a plena luz del día para reírse de nosotros, los espectadores crédulos.


Ni siquiera la muerte de Margaret Thatcher me anima a ver La dama de hierro, ese biopic complaciente con su figura del que ya renegué hace unos meses en este diario. Que Dios, que siempre ha sido de derechas, y que una vez abroncó a su Hijo por soltar la metáfora aquella del ojo y la aguja, tenga en su Gloria por siempre a esta tenebrosa mujer. Los que pertenecemos a la clase proletaria –ya saben: perezosos, incompetentes, pedigüeños, lastimeros, rufianescos en una palabra- ya no la volveremos a ver, ni en esta vida, ni en el infierno especialmente diseñado para los rojos que nos aguarda, con mucho azufre y mucho carbón para asarnos a la parrilla. Para qué, pues, tomarse la molestia. 


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