Deadwood, al fin

Es muy distinta, Deadwood, con sus voces originales y sus letreros redactados en castellano. Le siguen sobrando personajes que vagan por el poblacho contando historias sin chicha, casi siempre borrachos o lunáticos, muy alejados de la trama central de los puticlubs y la corrupción de las fuerzas vivas del lugar. Son seres pintorescos que enriquecen el paisaje humano, pero que a partir de los primeros episodios empiezan a caer gordos, y obligan a pulsar compulsivamente la tecla de avance, cercenándolos sin piedad. La historia principal no se resiente del atropello, y eso habla mal de los guiones que sustentan la estructura. Deadwood no es, como algunos aseguraban, una serie modélica: le falta el aire de los grandes paisajes, y le sobra la verborrea de los pequeños secundarios. Pero ahora, con las voces propias de los actores y actrices principales, ya parece otra cosa. Más convincente y marrullera. Más oscura y salvaje. Deadwood ya es, por fin, el Far West. Un villano como Al Swearengen no podía tener esa voz de seminarista ensayando el tono litúrgico de su primera misa. Es ahora cuando por fin le salen los espumarajos por la boca, y resuenan sus amenazas en las cavernas oscuras del estómago, y uno comprende por qué todos se acojonan en su presencia, y le ceden el honor de mangonear los asuntos lucrativos del asentamiento. Y no sólo él: ahora que las putas más despiertas hablan como chicas inteligentes, y que los mineros deslomados farfullan sus cosas a través de las bocas destentadas, uno ya empieza a creerse las intenciones espurias de los personajes, y sobrevuela Deadwood quizá no demasiado entusiasmado con lo que ve, tan lejos de Albuquerque, y de Madison Avenue, y de Desembarco del Rey, pero sí al menos interesado, ávido de estas lecciones gratuitas de Historia, y de este máster acelerado de Estudios sobre Antropología sin  Ley.


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