Bronson

No acierto a saber qué quería contarnos Nicolas Winding Refn en Bronson. Que al principio de la película nos avisen de que vamos a ver una historia real no ayuda mucho a la comprensión cabal de sus intenciones. El tal Charlie Bronson es un psicópata agresivo y demenciado que lo mismo apalea a un compañero de celda porque éste lo ha mirado de reojo, que le clava un pincho al funcionario de prisiones porque lleva muchos meses vegetando en la misma cárcel y ya le apetece un cambio de aires, con nuevas rejas a las que asomarse, y nuevos desconchones en la pared en los que fijar su mirada lunática. Más que un preso o que un loco, Bronson es un turista de las cárceles. Él transita feliz de un centro penitenciario a otro. Parece ansioso por  batir un récord británico de traslados en furgoneta, o simplemente le va la marcha del desafío permanente a la autoridad, como aquel Paul Newman más pacífico y socarrón de La leyenda del indomable.

        

            Sea como sea, nada queda claro en la película. O al menos en sus primeros cincuenta minutos, momento definitivo en el que este espectador aburrido, otras veces admirador incondicional de los pasotes mentales de NWR, abatió su cuello hacia delante en señal de rendición, y de fastidio. Regresé de la involuntaria hibernación veinte minutos después, cerca ya del final de la película, pero ni siquiera la proximidad del desenlace me hizo perseverar en el intento. Bronson seguía repartiendo hostias sin ton ni son al compás bailongo de la música pop de la banda sonora. Estaba ya en otra cárcel, y con otros guardias, quizá en la tercera o cuarta celda contando desde el momento en que me quedé dormido. ¿Cesará finalmente su locura? ¿Lo meterán preso para siempre en Alcatraz? ¿Lo matarán a golpes unos policías encapuchados hartos ya de sus desafíos?  Que más da, me dije. Eran ya las doce y pico de la noche. En otras frecuencias del espectro electromagnético, las tertulias deportivas de la radio bullían de asuntos mucho más interesantes, con el final de la liga de fútbol, y las Copas de Europa al rojo vivo de las eliminatorias finales. Qué me importa a mí la moraleja final y seguramente chusca de Bronson, en comparación con el arte aleatorio del balompié, del que dijo una vez Bill Shankly que no era una cuestión de vida o muerte, sino algo mucho más importante. 


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