Lucky Louie. La muerte

En el noveno episodio de Lucky Louie, nuestro pelirrojo antihéroe, incapaz de conciliar el sueño, se revuelve en la cama atormentado por negros pensamientos. Kim, a su lado, se desvela enfadada.

KIM: Para

LOUIE: No puedo dormir

KIM: No me jodas

LOUIE: No dejo de pensar en la muerte.

KIM: Jesús, otra vez no.

LOUIE: Tengo 38 años. Debo estar a mitad de camino.

KIM: Por favor. Intenta dormir.

LOUIE: Vale. Morir me acojona de verdad. Ser nada para siempre. No existiré más allá de lo que vaya a existir.  Cuando me lo imagino no puedo respirar. Me paralizo.

KIM: No vas a dejarlo, ¿no?

LOUIE: Hoy vi a un perro caminando por la calle y pensé: “Ese perro morirá algún día y ni siquiera lo sabe. Tiene suerte”. ¿O no? ¿Es mejor que lo sepa o que no lo sepa? Puto perro... Ojalá yo fuera de algún modo...
KIM: [Cansada ya del soliloquio, desliza su mano por debajo de las sábanas y empieza a masturbar a su marido] ¿Sigues pensando en la muerte?

[Louie niega con la cabeza, con cara de plena satisfacción]




Deep raspy voice. Así define IMDB la voz rasposa, gatuna, seductora en grado sumo de Pamela Adlon, la actriz neoyorquina que interpreta a Kim. Pamela es una actriz bajita con pinta de siciliana mandona que se transforma en pantera cuando un despistado le lleva la contraria, o cuando fija la mirada de deseo animal en un macho portador de buenos genes. Conozco muy bien su carácter imprevisible y fortísimo. Hace varios años que apareció en mi vida como un diablillo arisco y lujurioso, en el primer episodio de Californication, donde interpreta a la deslenguada, inteligente y sexualmente liberada Marcy Runkle, la esposa de nuestro querido y calvorota Charlie. Pocos amores me han fulminado con tanta contundencia desde la primera palabra, desde la primera insinuación. Pocos han despertado en mí un deseo tan repentino, tan enamorado. Pamela es un volcán muy pequeñito, casi minúsculo, pero activo de cojones, que vomita lava incandescente en cada suspiro y en cada silencio. Los amores que ella despierta son tórridos, ardientes, de esos que lo ponen todo perdido en la cama, y te hacen olvidar durante horas que existe un mundo exterior de remilgados y desventurados. Un amor tan energético y devastador que se consume en apenas unos días, como las estrellas más fulgurantes del cielo, pero del que luego, porque ella es generosa, y su recuerdo es imborrable, perduran unas ascuas con muy buena salud, anaranjadas y calientes, que se avivan, ¡y cómo se avivan!, al menor soplo de su renovada presencia.


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