The Amazing Spiderman

Son muchos los meridianos que me separan de Hollywood, lugar donde se han parido las películas que me han convertido en el espectador estulto que ahora soy, con mis carencias y mis prejuicios. Soy un hijo cultural de aquellas tierras donde el dinero y el talento siempre han estado discutiendo y dándose de bofetadas. 
        A veces, cuando logran la mágica reconciliación, nos regalan películas definitivas e inigualables, que marcan a generaciones enteras y se convierten en referencias culturales. En memes dawkinsianos que sobrevivirán por los siglos de los siglos. Pero esto sucede, como todos sabemos, muy de tarde en tarde, al mismo ritmo que nos llegan los eclipses de sol, o los amores verdaderos. Lo más corriente es que el talento vaya por un lado, en producciones independientes que aquí nos llegan con cuentagotas, y el dinero, mefistofélico y mohoso, vaya por el otro, sacrificando la creatividad en aras del oportunismo. 
             Uno ve The Amazing Spiderman en la ya tradicional sesión nocturna de los superhéroes junto a mi hijo, y no hace más que preguntarse, mientras Andrew Garfield va dando botes por Nueva York: ¿por qué?  ¿Qué añade o qué quita esta película a la que rodara Sam Raimi diez años antes? Nada, piensa uno en el hastío de la margen izquierda del sofá. Un nuevo envoltorio para la misma hamburguesa mordisqueada. Un reboot, como dicen ahora. Un banderín de enganche para las nuevas generaciones de palomiteros, que ahora ocupan las butacas que los cinéfilos, hartos del ruido y de las masticaciones, dejamos vacías. The Amazing Spiderman es una película a la que jamás me hubiese acercado de no ser por el chaval, que anda muy pesado con esto de los superhéroes, y de las hostiazas como panes, y que lejos de aburrirse, de sentir las primeras punzadas de la reiteración argumental, vive sus momentos más exultantes de espectador entregado a la causa.


            Me queda, eso sí, la inconfesable ebullición de mi sangre cuando Emma Stone, esta vez teñida de rubio inmaculado, no finge ser Gwen Stacy, sino que es, ciertamente, Gwen Stacy, el trasunto carnal, milagroso por exacto, de aquella chica tan jamonísima y tan chic de los cómics de mi infancia, quizá uno de mis primeros amores imposibles, tan bella y tan bidimensional, antes de que su muerte, inesperada y traumática para los lectores, la convirtiera en una diosa  inmortal de nuestros deseos.


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