Tierra

Hay películas que a los pocos minutos ya se descubren como insufribles, como provocadoras fulminantes del bostezo somnoliento. Tierra es una de ellas. Debí abandonarla justo después de la primera escena, cuando Carmelo Gómez, el desparasitador esquizofrénico de la cochinilla pertinaz, llega a la vinícola comarca y se encuentra a un pastor de ovejas herido en el monte, fulminado por un rayo, y en lugar de socorrerle, de montarlo en el coche, de llamar a la ambulancia que el gobierno autonómico todavía no ha suprimido, se lanza, con la aquiescencia estúpida del moribundo, a filosofar sobre la unión eléctrica y mística con la nube en el momento de la descarga. Sobre la cercanía íntima con la naturaleza en tales trances electrocutantes. Sobre la espiritualidad inmanente en los electrones inaprensibles de la atmósfera. Sobre el aromático esplendor de un cagada de pato que abonará los campos sembrados de vides en la primavera. Qué sé yo. Es un diálogo absurdo, de una gilipollez supina, muy poética y profunda según la crítica especializada. 



Uno ya entiende, a los diez minutos de metraje, que nada de lo que se narre a continuación va a tener la mínima consistencia, la mínima verosimilitud. Pero uno insiste, y se obceca, y adopta la pose de cinéfilo persistente, porque sigue desconfiando de sus propias intuiciones a tan alta edad, y prefiere que lo tachen de cultureta antes que de cobarde. Uno se lanza al precipicio del aburrimiento y se justifica en la belleza pastoril de Emma Suárez; en la belleza embutida en cuero de Silke, la motera. ¡Qué morbo nos daba esta actriz de la voz aguardentosa, de la cara de princesa! Vino y se fue de nuestras pantallas en un suspiro, como un regalo alquilado, como un ángel fugaz que sólo iba buscando su planeta.  Sólo por ella acometí Tierra en varios asaltos suicidas, como un soldado que atrincherado espera su voz, su belleza. Pero el muy tunante de Julio la tenía reservada  para las fanfarrias finales. Es un tipo muy listo. Primero suelta sus filosofías telúricas, sus pedanterías paulocoelinas, y luego, como premio para los pacientes, para los espectadores más enamorados, te saca a Silke enseñando piel. No pude llegar, ay de mí, al paraíso prometido.  Uno ya no está para estas pruebas de resistencia. El sueño mortal de la medianoche se ha vuelto más poderoso que cualquier excitación. Que cualquier Silke recobrada. La ridiculez argumental de Tierra pesa más que su hermosura de hembra misteriosa. He dimitido cerca de los tres cuartos de hora, cuando ella comenzaba a cobrar protagonismo. Tembloroso, he alargado la mano hacia la pantalla suplicando que no se fuera. Y en el empeño, sin querer, gobernado ya por otra voluntad, he apagado el dvd, y el televisor. Camino de la cama la he echado mucho de menos.


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