Enron: los tipos que estafaron a América

Avergonzado de no entender nada en las páginas color salmón de los periódicos, vuelvo a ver, después de siete años, Enron, los tipos que estafaron a América. Cuánto ha llovido desde entonces... ¡Y que poco ha nevado!, gracias al cambio climático que esta misma gentuza negó tres veces antes de que cantara el gallo, y se derritieran sus torvos argumentos bajo el sol abrasador. Hace siete años, cuando sólo existían las crisis nucleares y las crisis de los cuarenta, estos desalmados ejecutivos de Enron, que provocaron los apagones en California para subir el precio de la energía y saquear el bolsillo de los pobres, parecían unos simples gamberros del capitalismo, los hooligans más prehomínidos de la afición entregada a la avaricia. Unos tunantes calvorotas, algo torpes, y por qué no decirlo, también un pelín idiotas, que tras delinquir varias veces sin castigo  pensaron que ya todo el monte era orégano, y tierra prometida de leche y miel, y se lanzaron al atraco descarado como bucaneros que ya no se molestasen en camuflar su bandera. Qué gente, Jesús. 



Hace siete años pensábamos que estos tipos de Enron eran unos simples tontainas. Miembros gangrenados, excepciones a la regla,  excrecencias del sistema capitalista... Qué poco sabíamos. Sólo dos años después comprendimos que todos los así trajeados pertenecían a la misma catadura moral de los sociópatas sin escrúpulos, humanoides que matarían a su mismísima madre con tal de gozar de un nuevo privilegio, de un nuevo reloj carísimo, de un nuevo yate más grande aún que el anterior. Gentuza que en cada driver de su madera 3 cercena las cabezas de varios esclavos ya despedidos y amortizados. Una raza de delincuentes muy exclusivos que no sólo dirigía Enron, y amparaba a Enron, sino que dirigía, en fraternal comunidad de forajidos, todas las empresas y asociaciones que rigen nuestra vida material y espiritual, desde la empresa que nos confecciona los calcetines a los diputados que con su mayoría absoluta arrasan nuestros sueños de felicidad. Nuestros viejos enemigos de clase, finalmente, que nunca dejaron de serlo. Don Carlos pide a gritos salir de la tumba para reivindicar sus viejas teorías, y ponerse a la cabeza de la revolución. Ya estamos tardando en inventar la pócima que lo resucite...


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