Pusher III

Llegan los días sombríos del principio de la primavera, y sólo tengo ganas de refugiarme en las películas. Quisiera uno invernar en su salón durante meses, mientras los demás celebran en los parques el sol y las mariposas. Mitad vampiro mitad fotofóbico, me agazapo en los escondrijos para que la luz no desvele las miserias físicas que me aquejan, y tampoco las espirituales, que tiznan de sombras los contornos de mi rostro. La primavera es una inmensa putada para los cinéfilos que huimos del mundo. Durante el invierno, la realidad se recoge en las cafeterías, en las casas particulares, y uno vive su aislamiento sin que nadie le incordie. Las calles barridas de gente crean la ilusión de un mundo civilizado, regulado, donde el atardecer es un toque de queda impuesto por la naturaleza. Pero llegan las flores, y los mosquitos, y el sol sempiterno, y el mundo entero se lanza a las calles a pegar gritos de felicidad, como orates licenciados de un manicomio que cerrara por descanso. Más allá de la ventana todo es deslumbramiento y algarabía. Ya nadie ve películas, ni habla sobre las películas. Te llaman por teléfono, te tocan el timbre, te repiquetean en las persianas. Los allegados quieren que te unas a su cuerda de locos, a bailar la conga, a tomar refrescos, a desnudarse sobre las hierbas. Les entras unas ganas inmensas de vivir, y no reparan en que hay gente a la que todo esto del equinoccio y la renovación de la vida le da mucho por el culo. Uno sólo vive pendiente de que se renueven las carteleras en la tele. La única mejora del tiempo que a uno interesa es la del mar Caribe, para salir a pescar lo que no se puede o no se debe pagar. Lo demás, las alergias, los picores, las quemaduras, las intoxicaciones de felicidad, importan un comino.



            Al mismo tiempo, la primavera inocula en mi ánimo la astenia del escritor frustrado, que ya no siente ganas de rellenar folios con sus manías y sus prejuicios, con sus amoríos platónicos y sus chistes sin gracia. La luz primaveral también ilumina las carencias de quien sólo imitaba las posturas. En invierno, cualquiera que escriba al lado de un ventanal empañado, o azotado por la lluvia, puede sentirse un creador. Pero es una pose artificial, helada, que el primer rayo de sol derrite en apenas unos instantes. Es agua pura, condenada a la evaporación. Con las hojas del calendario se van también la inspiración y el autoengaño. Sólo queda el gesto, el tecleo, el tiempo perdido que otros malgastarían en la baraja, o en la cháchara con los amigos.



            Veo, por ejemplo, la tercera entrega de Pusher, y ya no siento ganas de escribir nada bueno sobre Nicolas Winding Refn. Cedo al primer desafío que me lanza el cursor parpadeante, que acelera sus latidos en la victoria. He seguido con interés las andanzas de estos sociópatas balcánicos que encontraron en Copenhague un bonito lugar donde asentarse, y vivir del trapicheo. Me he abandonado, complacido, a este vaivén de la cámara en mano que los persigue por la noche afanosa y sanguinolenta. Pero luego, cuando me siento a escribir las ocurrencias, todo el interés se esfuma en el aire con un pop de pompa de jabón. Qué buena, qué entretenida, que nueva demostración del maestro danés... De los dedos sólo brotan tonterías así, que es mejor cortar de raíz antes de que se tornen cancerosas.



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