Lo imposible

En estas horas transcurridas entre la noche de ayer y la mañana de hoy, he vuelto a sentirme, una vez más, un bicho raro alejado de sus congéneres. Terribles pesadillas como la de Gregorio Samsa me han asaltado esta noche aprovechando este desasosiego, y también las ráfagas de lluvia, tormentosas y atormentadas, que se estrellaban contra el ventanal. Al despertar del mal sueño, he vuelto a sentirme el autista que no comparte, o no entiende, o al que directamente no le conciernen, los arrebatos lacrimógenos que a otros cromagnones sí conmueven hasta el éxtasis, y los hacen pasar por taquilla en larguísima procesión para llorar todos al unísono -y moquear, y aplaudir, y recomendar vivamente con la voz todavía entrecortada- películas que a uno le dejan tan frío y desangelado como Lo imposible.



            Esta primera mañana del Año I después de Bayona, uno venía a confirmar en los foros su pérdida irremediable de humanidad, su sociopatía bonachona agravada con el paso de los años. Su misantropía gangrenada que, como la pierna de Naomi Watts en la película, se vuelve cada vez más negra y huele a podrido a muchos de metros distancia en los círculos sociales. Yo venía a presentar la dimisión, ya bien firmadita e irrevocable, de mi pertenencia a este club de los homínidos evolucionados que un día se bajaron del árbol y empezaron a gimotear con películas parecidas a ésta. Así venía yo, cabizbajo y humillado, dispuesto a ser uno contra la multitud, caballero andante enfrentado a la felonía de Lo imposible. Pero hete aquí que lo primero que me encuentro, encabezando la lista de opiniones más valoradas, son las críticas de otras gentes también deshumanizadas, que viven exiliadas en los montes, y  escondidas en las catacumbas.  Un ejército de espartanos poco numerosos y dispersos, pero a lo que se ve muy aguerridos y musculados, que tras arruinar sus retinas viendo Lo imposible se han retirado a sus Termópilas particulares para hacerse fuertes, y allí defender sus lacónicos sentimientos de esos persas amariconados que navegan los mares de lágrimas saladas. 



            Son mis espartanos unos críticos inteligentes y despiertos que no se cuestionan la magnitud de la tragedia, ni la desgracia conmovedora de los afectados por el tsunami. Aunque sobreviva pequeño y fosilizado, aún tenemos un corazoncito que palpita en nuestro pecho. Lo que estos guerreros de Lacedemonia encuentran criticable, lamentable, deleznable incluso, es la forma en que esa historia se nos cuenta. Los trucos muy evidentes y torpes de este mago tramposo al que han llovido loas y alabanzas allá en la Tierra de los Simplones. La música que no trata de seducirte, sino de arrancarte la lágrima metiéndote el dedo directamente en el ojo; esa familia pretendidamente española de ojazos azules y pelos rubísimos que parece elegida por un anunciante de cereales para el desayuno; ese lenguaje inmaculado y ese espíritu abnegado de los anglosajones benedictinos que en lo más crudo de la tragedia, al borde de la muerte, y de la desesperación, siempre guardan un gran gesto con el prójimo, un pensamiento profundo de sintaxis pluscuamperfecta, un vocabulario florido y ampuloso de los sentimientos que te revuelve el estómago y te hace inverosímil cualquier planteamiento que provenga de esta true story falsificada, almibarada, coreografiada hasta el menor detalle para sonsacar la pasta a las mentes más sensibles e inocentes, más desprotegidas y manipulables. Un abuso de réditos millonarios.
          Bah.


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