La guía del cine para pervertidos. La búsqueda del yo

Sentado en el mismo sofá donde Neo, el héroe de Matrix, recibía sus lecciones sobre la realidad y la ficción, el psicoanalista Slavoj Zizek descubre el significado último de sus arcanas explicaciones.

“La gente que juega a videojuegos, por ejemplo, puede adoptar el papel de un sádico o de un violador. Normalmente pensaríamos que es porque son débiles, y por tanto, para compensar su debilidad real, adoptan la personalidad ficticia de un individuo fuerte, sexualmente promiscuo, etcétera. Ésta sería la lectura sencilla. Pero, ¿y si le damos la vuelta? Puede que ese violador despiadado represente mi auténtica identidad, en el sentido de que quizá ésa sea mi realidad psíquica, pero en la vida real, debido a las convenciones sociales, no puedo darle rienda suelta. Y precisamente porque creo que sólo se trata de un juego, de un personaje, de una imagen virtual, puedo ser mucho más fiel a mí mismo. Puedo adoptar una identidad que se parezca más a la mía.”

No era pues, el cine, una escapatoria de la realidad. Un mundo ficticio en el que disfrazarme de otros personajes para diluirme en ellos y olvidarme. Al contrario: es la vida cotidiana la que me difumina, la que me impide mostrarme tal como soy. ¿Pero quién soy, realmente? No tengo ni idea. Quizá alguien más desenvuelto de espíritu, más amante de la aventura. Quién sabe si más atractivo a los ojos de las mujeres, despojado finalmente de este corsé victoriano que me deforma el torso. No tengo clara mi identidad. Antes en las salas de cine, y ahora en el salón de mi casa, he pasado años buscándome sin yo saberlo, cuando pensaba que huía de mí mismo. He perdido décadas en la confusión. Vivo en la adolescencia permanente de quién un día, en clase de filosofía, leyó el mandamiento de Sócrates y lo desdeñó por simple y tontorrón.  



Y lo más sorprendente de todo es que este conocimiento revelador, este giro copernicano de mi cinefilia, ya estaba implícito en muchos pasajes del diario, cuando yo hablaba de los álter ego que me iba encontrando por el mundo, como Larry David, o como Louie, o como el doctor House... Hablaba de mis hermanos como si fueran encuentros casuales, coincidencias divertidas en el piélago infinito de los personajes. Pero ellos no eran el fruto afortunado de mi viajar sin rumbo. Ellos eran, sin yo saberlo, o sabiéndolo inconscientemente, el objetivo principal de mis andanzas. Pues conociéndoles, me conocía.

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