Deadwood: Dizbuz

Llego al octavo episodio de Deadwood desesperado y cariacontecido, temiendo ser, una vez más, el único seriéfilo del mundillo que no sabe apreciar la complejidad, ni la epopeya. No quisiera ser el forastero tontaina que sólo anduvo por Deadwood de paso, incompetente para hacer negocio donde otros se forraban, incapaz de encontrar el oro que otros hallaban al primer vistazo entre las piedras. Insisto en los episodios con la fe ciega de un converso que quiere bautizarse en las frías aguas de las Black Hills. Pero noto que me estoy dejando algo muy importante en el camino polvoriento. Paseo entre las prostitutas y los mineros, entre los posaderos y los reverendos, y aunque escucho con atención todo lo que dicen, e incluso apunto ciertos diálogos en la libreta, no me llegan a interesar del todo sus asuntos. Y no es lógico. Deadwood debería ser el paraíso antropológico que tanto tiempo llevaba buscando mi misantropía. En ese pueblo caótico levantado con las maderas del quinto pino, el que no mata, roba; el que no miente, difama; el que no traiciona, espera un mejor momento para hacerlo. Todo se hace y se deshace por el dinero, y por el orgullo. Como en la vida real de cualquier época, y de cualquier longitud geográfica, pero esta vez sin disimulos, a palo seco, en esa tierra sin ley que todavía espera al Gobierno de los Estados Unidos para poner orden, e instalar una hamburguesería. Y sin embargo, aunque son la demostración viviente de la malignidad humana, no me creo a estos cabronazos, ni a estas arpías. Ni siquiera a este tipo,  Al Swearengen, el dueño del puticlub principal al que Ian McShane eleva a la categoría de un Tony Soprano ancestral, de un Michael Corleone con mostacho decimonónico, pero que no logra provocar en mi ánimo los estremecimientos que otros espectadores juran haber sufrido... al oírle. 


¡Ahí estaba la clave, pardiez!: al oírle. Es ahora cuando caigo en la cuenta de mi falta. Son las voces castellanas las que vuelven anodinos a los delincuentes, y cándidas a las brujas retorcidas. El Deadwood que habla castellano parece un congreso de abúlicos, o de anormales. Sólo dos o tres personajes principales ostentan una voz que no desmiente su carácter. El resto, incluido el señor Swearengen, contradicen las intenciones de su discurso maquiavélico con el timbre indiferente de su voz.  Es una desarmonía fatal, consentida en el doblaje lamentable, que echa por tierra mis esfuerzos de concentración, y de euforia pistolera. Fue hace unas semanas, en un momento de debilidad, o de inatención imperdonable, cuando al no encontrar en los mares procelosos las versiones subtituladas que exigen los dioses acuáticos, me dejé llevar por la vagancia, y por la confianza pagana en la suerte, y me lancé al abordaje de un velero que llevaba por bandera la borbónica rojigualda. Son estos galeones españoles presas más fáciles, que se rinden sin apenas batallar, pues o están durmiendo la siesta o están en huelga de espadas porque no les pagan el sueldo desde hace meses, pero luego, en sus bodegas, suelen escasear los tesoros. Los barcos que transportan las voces originales con los subtítulos correspondientes son presas escurridizas, combativas, que te llevan la jornada entera entre acechos y equipamientos, entre asaltos y cañoneos. A veces, como en el caso de Deadwood, ni siquiera se dejan ver en el horizonte. Tendré que arrojar por la borda del botín castellanoparlante y lanzarme de nuevo a la búsqueda, para encontrar y luego devolver a los habitantes de Deadwood su habla original, que presumo cazallera y tortuosa. Y justiciera, por fin.


No hay comentarios:

Publicar un comentario

copyright © . all rights reserved. designed by Color and Code

grid layout coding by helpblogger.com