La guía del cine para pervertidos. La ardilla roja

Llega la hora de la siesta y me atornillo en el sofá para ver en los canales de pago La guía del cine para pervertidos, un largo documental británico del que desconozco el contenido exacto, pero cuyo título, cincelado ex profeso para tentar a los más salidos, promete un repaso a los desnudos más deslumbrantes de la gran pantalla. Una versión picantona de la Historia del Cine de Mark Cousins ahora que he terminado con ella, y que, por cierto, no tuvo a bien regalarnos ni una teta a los alumnos más disolutos de la asignatura.


Todavía estoy fantaseando con las actrices que veré despojadas de su ropa cuando descubro, a los pocos minutos de metraje, que he sido víctima de un desalmado truco de marketing. La guía del cine para pervertidos es un acercamiento psicoanalítico a varias películas archiconocidas, conducido, en narración  arrastrada de erres, por el psicoanalista esloveno Slavoj Zizek, del que luego descubriré en internet un extenso currículo académico, y una obra científica capaz de llenar varias estanterías de las muy altas. Por lo que he visto en este primer asalto, el barbudo Slavoj no tiene intención alguna de enseñarnos tetas, ni culos. Y mucho menos combinados en alguna fantasía erótica. Algún desnudo de soslayo que se cuele en sus explicaciones, como ilustración estrictamente necesaria, y poco más. Su intención fundamental es mostrar paralelismos entre la estructura básica de la mente y la estructura artística de los grandes clásicos seleccionados. Slavoj diserta sobre el Yo, el Ello y el Super-Yo como si escribiera un manual de introducción a la obra de Sigmund Freud. Habla de la voluntad, de los instintos, de la educación recibida. A veces se le va la pinza y confunde a los espectadores iletrados -y ya destrempados- con compañeros sapientísimos de un simposium filosófico. Se enreda en germanías que nos dejan, además de la polla ya flácida, la mente turulata.
 Pero otras veces, en el batiburrillo de su disertaciones, se enciende la luz en nuestro sótano del bachillerato, y  alcanzamos a colegir los destellos de genialidad que alumbraron las películas de Hitchcock, o de David Lynch. Nuestro esloveno profesor tiene especial predilección por estos dos directores. Y no es de extrañar. Hitchcock era un hombre gordinflón que se enamoraba pertinazmente de mujeres inalcanzables, y esa frustración sexual, disfrazada de terror, o de agentes secretos, era el leit motiv que animaba toda su obra. David Lynch, por su parte, es un hombre que sueña mucho por las noches, y que luego, al despertar, utiliza las películas para intentar una exégesis satisfactoria de los significados. Alfred y David son dos hombres a los que Slavoj -¡en lugar de desnudar actrices bellísimas!- desnuda en sus intenciones de cineastas algo siniestros y muy complejos.


 
               Otro director que también vive enfrascado en sus sueños, y que luego quiere descifrarlos en sus películas personalísimas, es Julio Medem. Pero no le sale. O yo no le entiendo. Hoy he visto La ardilla roja y me he quedado como estaba. De la obra de culto que predicaban los foreros más entusiastas no he visto ni las sombras. Dos pirados del culo, uno suicida, el otro asesino, se lían a hostias por conseguir los favores sexuales de Emma Suárez, que también está pirada, o amnésica, o finge su trastorno para reírse de los machos enzarzados en la lucha. Algo así. Una historia tan vieja como el propio cine, o como el propio triángulo rectángulo, que ya estudiara Pitágoras. Pero contado de una manera muy rara. Muy artística. Muy autoral. Muy cargante. Muy aburrida.


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