Caída y auge de Reginald Perrin. Autodestrucción

El bueno de Reginald Perrin vive cansado de su éxito como empresario. Vendiendo productos inútiles sólo quería demostrar que la gente es estúpida, y que es capaz de comprar cualquier cosa, incluso basura que se anuncie como tal. Pero ahora el negocio se la ido de las manos. Sin quererlo, ha fundado un emporio que mueve millones de libras, y él, como responsable, revive la pesadilla que nunca más quiso soñar: la del trabajo diario, la del horario encorsetado, la del ciclo sin fin de los días.
       Reginald ha jurado destruir su propia obra, y para ello, decide contratar a las personas más inútiles que conoce: los empleados de su antigua empresa, Sunshine Desserts, ahora en la bancarrota. Pero le falta una pieza maestra: un tonto integral que dirija el cotarro desde la ignorancia más profunda. En un pub de clase trabajadora conocerá al bueno de Seamus, desempleado y borrachín: 

          - Dígame, Seamus, ¿ha trabajado como administrativo?
          - No, señor. Soy un genio, pero es un secreto entre mi cerebro y yo.



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