El legado de Bourne

Hoy habla por mí Elvira Lindo, en su columna dominical del periódico. He tenido suerte. Con sólo transcribir sus palabras cumpliré con la obligación cansina de este diario. Hoy me tocaba escribir sobre El legado de Bourne, vista este fin de semana con mi hijo, y la tarea se me estaba atragantando en la lista de deberes. ¿Qué volver a decir de los tiros, de los ninjas, de las persecuciones inverosímiles a caballo de los coches o de las motos? ¿Requebrar, acaso, con las palabras gastadas de siempre, la belleza indecible, e insoportable, de Rachel Weisz, heroína científica del asunto? No sé. ¿Retomar la prosa cursilona para hablar sobre el entusiasmo cinéfilo que últimamente anima a mi retoño, y del que yo participo como padre y profesor orgulloso? Tal vez. Pero todo esto ya está muy visto. Y de pronto, en la duda, en el aplazamiento vergonzante que me roía las entrañas como el gusanillo de la conciencia, ha aparecido Elvira Lindo hablando de sus hábitos, de sus preferencias, en milagrosa coincidencia con mis habituales quebraderos de cabeza, y he delegado en ella el texto de hoy. Gracias, Elvira. Mañana, sin tu ayuda, con la nueva película, o la nueva serie, o la nueva chorrada que tenga a bien proyectar en mi pantalla, tendré que enfrentarme de nuevo al vacío angustioso de mis argumentos...


            “Después de acabar cada mañana derrotada por la lectura de los acontecimientos, necesito, como el aire que respiro, que decía la copla, una bocanada de ficción que atrape de tal manera mi interés hasta el punto de que la cabeza no me dé para más. Si los neurólogos han determinado ya el beneficioso efecto de la meditación, que contribuye a barrer y regenerar una mente azotada por pensamientos, yo propondría, como sufridora de un carácter obsesivo en el que difícilmente se aparcan las preocupaciones, el uso de la ficción como descanso y respiro.”
            Y prosigue:
            “... y a eso de las diez estoy lista para entregarme a la serie de televisión con la que me he automedicado esta temporada. No puede ser cualquier serie, por supuesto, estoy hablando de historias por capítulos que están a la altura de las novelas del XIX. [...] Mientras nuestro país estaba al borde de ese acabose que nos iba a proporcionar una serie de segunda Transición, me dediqué, a fin de controlar mi ansiedad, a verme 24 capítulos de la serie Homeland. En una semana. [...] Costumbrista como solo el cine americano sabe ser y fantasiosos como solo saben ser los guionistas americanos, noto que mi mente se limpia.”


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