El mundo es nuestro

El “Cabesa” y el “Culebra” son dos arrabaleros de Sevilla que no se dedican al teatro callejero, ni militan en ningún grupo anarquista con nombre de mes. Ellos han crecido en los malos barrios, y aunque son tíos algo cortos, semianalfabetos de la farlopa y de la mala vida, han comprendido la realidad de los humanos con cierta precocidad. A la fuerza ahorcan. El “Cabesa” y el “Culebra” no aspiran a mejorar el mundo. Al mundo que ellos conocen, puñetero y mezquino, que le den. A este par de pájaros, gorriones desplumados del suburbio olvidado, se la sudan los artistas revolucionarios. Una película como Noviembre les sonaría a shino del mandarino. ¿Bertolt Brecht? ¿Quién es ese? ¿El nuevo delantero centro del Betis? Ni puta idea, oye. Para estos dos balarrasas,  el héroe, el modelo, el ejemplo a seguir en la vida, es “El Dioni”, el segurata justiciero que harto de trajinar el dinero de los ricos decidió apropiárselo para arreglar sus propios asuntos, en Brasil, en las playas de Copacabana, bañado por el sol, rodeado de las mulatas pechugonas que olisquean los millones a kilómetros. Primero la felicidad de uno mismo; luego, con la mente despejada, y la mansedumbre de quien ya lo tiene todo resuelto, el servicio a los demás. Por ese orden.


Con esta filosofía por bandera, nada desnortada por cierto, y guiados por el espíritu emprendedor y estrábico de su santo laico, el “Cabesa” y el “Culebra” se lían las caperuzas a la cabeza y perpetran un atraco esperpéntico a la sucursal bancaria menos oportuna de Sevilla. Lo que allí acontece entre atracadores y rehenes les sirve a los creadores de El mundo es nuestro para repartir palos a diestro y siniestro. Hay para todos. Es una sátira que a veces peca del trazo grueso, deudora del estilo Morancos tan apreciado en las Tierras del Mar del Verano, pero que otras veces, en varios destellos de genialidad, saca el pincel fino y te dibuja una sonrisa agradecida en la cara. No quisiera uno ponerse exagerado, y estupendo, pero hay algo de Azcona y Berlanga en estos dos tipos valleinclanescos de Sevilla, Alfonso Sánchez y Alberto López. Descubro en internet, al terminar la película, que son cómicos ya de largo recorrido, muy afamados en esa nueva forma del disparate cómico que son los webepisodios. Picoteo en algunos y vuelvo a reírme de lo lindo con sus parloteos sobre el ser y la nada, sobre el todo y el hombre. Llevo años perdiéndome a estos cómicos de la idiosincrasia sureña. No me entero de nada. Las vanguardias me llevan años de ventaja. Ya estoy muy mayor, y muy torpe. Y muy vago. Antes los tenía calados a todos. En la avanzadilla de la cultura iba yo, arengando a los rezagados. Ahora vivo en la cola del pelotón, con el paso cansino, distraído en las mujeres, y en los pájaros.


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