Thirteen

Más que una estimable película sobre adolescentes desnortadas y madres naufragadas, Thirteen es una prueba moral diseñada para los hombres maduros, que con sólo olisquear la belleza de estas jovenzuelas nos convertimos en antropoides fuera de la ley. 
     Ningún brete moral, ningún remordimiento interior, ninguna pequeña erección rápidamente reprimida bajo el cojín, hubiese perturbado nuestras conciencias si estas muchachuelas tan hermosas, que se prestan al morreo mutuo y a los tríos encarnizados con sus vecinos, hubiesen sido chicarronas ya matriculadas en la universidad, mujeres de la ardua carrera y del incierto futuro laboral. Pero aquí, en Thirteen, revestidas con el envoltorio de un caramelo envenenado, ellas, Evan Rachel Wood y Nikki Reed, todavía son quinceañeras del instituto prohibido, colegialas de la coña marinera y de la anarquía irresponsable. 



Es un deseo ilegal y muy penado el que uno siente por estas chicas de la película. Biológico, sí, pero inoportuno, y condenatorio. De haber nacido siglos atrás en la corte de algún rey,  Evan Rachel Wood y Nikki Reed, a sus dieciséis años primorosos, licenciadas ya en la asignatura obligatoria del crecimiento, hubiesen sido ofrecidas a un duque de Alemania, o a un conde de la Austria-Hungría, en sagrado matrimonio avalado por los obispos. Dieciséis años tenía la bella Simonetta, la musa del Renacimiento, cuando fue descubierta por el pintor Botticelli para posar de modelo en El nacimiento de Venus. Una mujer hecha y derecha, sobre esa concha marina que sirve de receptáculo a la diosa. Esa era la moral del mundo hasta la llegada de las vacunas, y de la penicilina. En una época donde casi todo el mundo moría joven, y de cualquier cosa, el amor precoz era una de las escasas recompensas para sobrellevar el destino. Estaba bien visto desear mucho, y muy pronto, para que el apellido prevaleciera.  Ahora, en cambio, vivimos mucho más tiempo, pero a cambio se nos ha prohibido entrar en el jardín de la juventud, donde Evan y Nikki retozan en sus juegos carnales muy poco inocentes. 


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