Prometheus

Veo, por la noche, en celebración particular y solitaria de este primer miércoles del año, la esperadísima Prometheus de Ridley Scott, que trata de explicar los enigmas terroríficos desplegados en Alien y sus secuelas. 
Me acuesto con la sensación de haber visto una gran película, imaginativa y absorbente, casi una obra maestra del género si no hubiesen quedado sueltos un par de cabos. Peccata minuta, en todo caso. Apago la luz y me encomiendo al sueño como un niño satisfecho y feliz, imaginando mundos extraterrestres, aventuras astronáuticas, hallazgos trascendentales que iluminan el origen biológico de la humanidad. Luego, por supuesto, el sueño caprichoso toma sus propios derroteros, y lejos de transportarme a los espacios siderales para transfigurarme en un héroe de acción, me devuelve a la realidad -distorsionada pero igualmente pedestre- de mis asuntos laborales, de mis deseos sexuales, de mis conflictos nunca resueltos con el bendito balompié. 


A la mañana siguiente, en la cafetería que me proporciona la conexión, entro en los foros dispuesto a compartir mi éxtasis infantil con Prometheus. Mi sorpresa, al leer los primeros comentarios, irónicos y denigrantes, es mayúscula. No es posible, pienso. Están hablando de otra película, Prometeo quizá, sin la hache intercalada, una de dioses griegos y musculosos atenienses enredados en olímpicas luchas y homéricos folleteos. Pero no: leo el título con atención y es Prometheus, indudablemente, mi obra maestra, mi niña bonita, la que está siendo destrozada sin piedad por una pandilla de indios belicosos y gritones, dispuestos en círculo.
Leo la primera crítica con el escepticismo plantado en mi cara, y las garras de la respuesta bien afiladas, dispuestas a teclear una réplica implacable. No voy a creerme nada de lo que me diga este fulano, por muy valorado que figure en el escalafón. Pero la voy a leer, detenidamente, por educación, por ecumenismo cinéfilo. Para ir rebatiendo uno por uno sus argumentos, seguramente flojísimos, y antojadizos, porque este pecador de la pradera debió de ver Prometheus sin gafas, o con una novia sobándole el paquete, en inatención gozosa y muy perdonable.
Sin embargo, termino de leer su crítica y soy yo quien rinde las armas, y retrae las garras, y echa de menos haber visto Prometheus con el sexo dulcemente acariciado, cosa que, al parecer, lejos de reducir la concentración, la multiplica por dos en un birlibirloque del sistema nervioso que parte de los testículos y termina en los sentidos de la cara, agudizándolos. Me doy cuenta de que ayer, en inusual comportamiento, no vi Prometheus como siempre veo todas las películas, sobándome los testículos, como hacemos todos los hombres abandonados a la soledad de la pantalla, Ayer, no sé por qué, yo tenía las manos castamente reposadas, una en el regazo y otra en el mando a distancia, y no vi los cabos sueltos que este internauta, perspicaz y cachondo, denuncia con gran sentido del humor. No dos cabos agitándose al viento en venial descuido, como yo recordaba, sino decenas de ellos, ridículos, risibles, evidentes hasta para el más corto de los espectadores. Cómo pude pasar por alto estos dislates de Ridley Scott y sus guionistas. Cómo pude tragarme el absurdo de los giros, el vacío de las explicaciones, el vagar inexplicable de los personajes. Cómo, por los dioses, cómo. Cómo me dejé llevar por las ansias, por la expectación, por la magia presentida. Me ponen una nave espacial y un planeta que encierra misterios y me vuelvo tarumba, y se me nubla el juicio. 





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