Atún y chocolate

La sonrisa y el tedio van alternándose en la cabeza del pelotón para llevarme a la línea de meta de Atún y chocolate, situada en Barbate, capital del viejo reino de Chiquitistán. Cuando el empalago de lo previsible me tienta con el abandono, aparece un actor simpático de gracejo gaditano para animarme a pedalear un kilómetro más, a resistir otros diez minutos de esfuerzo televidente.



            Aunque es una película de temática españolísima, con el paro y la trapisonda, la economía sumergida y la supervivencia del día a día,  uno asiste a las andanzas de estos pescadores de Barbate con la extrañeza de estar viendo un paisanaje extranjero, muy poco afín. Para un español de Invernalia, los españoles de la Tierra del Mar del Verano son gentes muy alejadas, y distintas. Atún y chocolate es el National Geographic de otra cultura europea sin abandonar las fronteras estatales. Uno se ve, pero no se reconoce. A los septentrionales y a los meridionales nos unen un puñado contado de eslabones: el idioma, por supuesto, aunque los acentos, cuando se cierran, nos vuelven letones o malayos para el entendimiento. Nos une el latrocinio desalmado de nuestros gobernantes, el mismo en todas las latitudes comprendidas entre el Cantábrico y el Mediterráneo; nos une, quizá, vagamente, una gastronomía de sustentos básicos compartidos: el aceite, el ajo, la cebolla, la ensalada de tomate, pero no más de lo que nos une a los italianos, o a los griegos, o a los libaneses, usufructuarios todos del mismo sol. Nos une la misma mala educación, la misma algarabía de los bares, la misma entraña desalmada con los animales.  Nos une, por encima de todo, como ya dijo en su día Vázquez Montalbán, la liga de fútbol nacional. Ella es el verdadero pegamento de la patria. La cola fortísima que mantiene unidos los fascículos sueltos en el tomo común, en esta charanga balompédica que copa el tiempo de los noticiarios, y el espacio sagrado de los periódicos.  



Compartimos, además, los españoles del norte y del sur, una monarquía constitucional muy moderna y resalá,  que veranea sobre nuestras cabezas de plebeyos. Del mismo modo que los mundos de George R. R. Martin tienen su rey de los Siete Reinos, nosotros tenemos al campechano de las Diecisiete Autonomías, y de las Dos Ciudades Autónomas, y del Gibraltar reclamado. Pero esta dinastía nuestra, a diferencia de la imaginada en Juego de Tronos, es única, siempre la misma, incontestada por otros escudos de rancio abolengo. Desde hace tres siglos y pico es siempre el mismo apellido el que ocupa los palacios, y caza en los cotos. Exilio arriba, República abajo, hasta ahora nunca habían tenido una verdadera contestación. Y no ha surgido precisamente entre los apellidos más ilustres, sino entre los más corrientes, entre la más baja estofa de los vasallos: los Pérez, los García, los Rodríguez, los cabreados siervos que ya no entienden de privilegios medievales. Cuando ya no seamos súbditos de la misma monarquía, los mesetarios del garbanzo y los pescadores del atún quizá no volvamos a jugar en la misma liga. Nos escindiremos en múltiples federaciones ibéricas, cada una con su clima y con su humor, con su torneo y con su campeón. Seremos vecinos bien avenidos, conciudadanos del mundo, cinéfilos del uno y el otro confín. León y Barbate, tan lejanas, tan antipódicas, podrán, al fin, iniciar los trámites para convertirse en ciudades hermanadas.


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