Los vengadores

Cuando el milagro parecía ya lejano e inalcanzable, de repente, en un parpadeo casi soñado, vuelve a ser viernes por la noche, y el cansancio, y el hartazgo, y las pocas ganas de seguir combatiendo se toman un respiro, y se colocan un gorrito de fiesta para ver una película idiota, intrascendente, de las que uno deja transcurrir por los circuitos interiores sin que los aduaneros pidan pasaportes, y examinen las maletas en busca del arte y la grandeza. 



Hemos visto Pitufo y yo Los Vengadores en asimétrica disposición del ánimo. Por un lado el padre, barrigudo y canoso, somnoliento y desastrado, inapetente ya de este género de películas, que sólo ve por santificar los viernes, y por cuidar la convivencia filial. Un antiguo devorador de cómics al que sólo le queda el prurito de ver lo que tantas veces soñó pero que nunca se hizo en los viejos tiempos, sin los efectos especiales y los ordenadores potentísimos de ahora, películas malísimas y decepcionantes que perpetraba un artesano del cable invisible y la transparencia vergonzosa. A mi vera, en el sofá, el chaval animoso y predispuesto, incumplidor consentido de las horas de sueño, el adolescente que jamás leyó una historieta de estos tipos disfrazados, que los conoce porque yo le hablo de ellos, porque surgen en los rastrillos de la cultura, porque a veces se cuelan en los videojuegos. Pitufo es un chaval de su generación que jamás toma nada impreso con las manos, alérgicos ya a la textura del papel, al peso intolerable de las páginas.



Así hemos estado los dos, los espectadores asimétricos, disfrutando cada uno a su modo de los mamporros y los hostiones, de las heroínas del traje ajustado y las musculaturas de los anglosajones hormonados. Pitufo se lo ha pasado pipa con el espectáculo, y yo me lo he pasado teta –tetaza, más bien, de Scarlett Johansson- en el silencio mosqueado del cinéfilo quisquilloso. Me he entretenido, además, en refrescar los viejos conocimientos de la infancia, época exuberante de mi cerebro en la que yo lo sabía todo sobre estos superhéroes, enciclopedia andante que ahora ha perdido páginas y tomos enteros en la ventisca húmeda de los años. A cada recuerdo recobrado, una sonrisa; a cada recuerdo escondido, una maldición mascullada entre dientes. ¿De qué diablos estaba hecho el escudo del Capitán América? Me llena de amargura este olvido imperdonable. La solución está a un golpe de clic, lo sé, pero está, también, a un solo golpe de neurona, a una sola sinapsis bioquímica del esclarecimiento reconfortante. ¿De qué estaba construido, el puto escudo? Me hiere, como una puñalada trapera, no recordar este asunto central de mi infancia. Este detalle capital. Este dato revelador. Este conocimiento científico y primordial  que una vez sustentó mis fantasías infantiles, tan importantes como la vida misma...


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