Un método peligroso

Recuerdo que de bachilleres, en el colegio de los curas, pasamos muy de puntillas por las enseñanzas de Freud, de Nietzsche, de Marx. Sus pensamientos pertenecían al currículo oficial que nos inculcaban los pérfidos socialistas, pero eran autores cuyas lecciones se estudiaban en casa, clandestinamente, fiado cada uno a su propio entendimiento de adolescente iletrado. Luego, en el aula vetusta, se admitían unas pocas preguntas aclaratorias, despachadas con prontitud, como en las ruedas de prensa de un entrenador que acabara de perder el partido.


             De Marx, antes de condenarlo al ostracismo del estudio particular, se nos decía que era un adúltero rijoso que siempre iba muy desaseado, y que su filosofía entera, si es que podía calificarse como tal, sólo respondía a la envidia que le suscitaban los ricos, y los verdaderos creyentes en Dios. Un resentido. Un guarro que además era judío, y que descendía de aquellos deicidas que habían crucificado a Jesús, y luego se habían mofado de él en la cruz. Luego, para despachar al pobre Nietzsche, nos contaban en dos brochazos inmisericordes, pues le tenían más miedo que al mismísimo diablo, que fue un pensador loco que escribía necedades contra Cristo, y que el mismo Señor le castigó a pasar sus últimos años en un manicomio, y a morirse entre fuertes dolores de cabeza, para ejemplo y escarmiento de quienes se atrevieran a leerlo. Y uno, sorprendido de que un loco así tuviese cabida en el temario oficial, donde sólo se estudiaba a los pensadores más eminentes de la Historia, iba a buscarlo al libro de texto y se encontraba, efectivamente, con un pensador de mostacho hiperpoblado y mirada perdida que parecía estar majareta, aunque uno, también, sospechase que aquel retrato estaba cuidadosamente seleccionado por la casa editorial,  propiedad del clero o de alguna de sus seglares subcontratas. 


            Pero la saña realmente venenosa y reconcentrada se la guardaban para Herr Sigmund. A los otros dos tipejos les odiaban.  Freud, simplemente, les daba asco. Qué se puede esperar, decían entre sonrisas, de un orate que soñaba con acostarse con su madre y que hizo de esa ignominia una supuesta ciencia, y una supuesta terapia para la gente chalada. Un incestuoso, un enajenado, un pecador sin redención posible. Un salido, un obseso sexual, un lacayo de Príapo surgido en la Viena del siglo XIX que se pasaba el día deseando a las señoritas y asustando a las viejas. Un cerdo ilustrado. El inventor de esa patraña llamada psicoanálisis que los sacerdotes, desde hacía siglos, y completamente gratis, llevaban practicando en sus confesionarios, Ave María Purísima, habían patentado ellos, para todo aquel que quisiera airear sus vergüenzas y quedarse tan a gusto. Tanto asco les daba Freud, tanto rato dedicaban a denigrarle subidos en la tarima, que al final, sin proponérselo, le dedicaban horas enteras en su afán por mostrárnoslo como un guiñapo, como un farsante. Fue así, con su monomanía por el sexo, como los curas criaron a una cohorte de lectores clandestinos de Freud, atraídos por el morbo, por el lenguaje, por la verdad evidente de que todo en la vida, y más si eras un adolescente no correspondido, giraba alrededor de la sacrosanta palabra que ellos apartaban con un vade retro: sexo.


           Nos hicimos freudianos gracias al tiro que los curas se dispararon por la culata. De él leímos algunos libros que nos enseñaron cosas muy curiosas y muy válidas, como La interpretación de los sueños, o la Psicopatología de la vida cotidiana, donde uno se adentraba en los curiosos mecanismos del subconsciente y de la psicología oculta. También leímos obras incomprensibles, divagatorias, de las que no sacamos nada en claro porque eran pura germanía de psicólogos centroeuropeos, pero en las que salían mucho las palabras sexo, y líbido, y masturbación, algo así como una gran revista porno sin ilustraciones, muy docta, muy sabia, que convertía el autosexo en una práctica casi médica, y respetable. Nos hicimos freudianos, sí, pero no jungianos, porque los curas, a Jung, como opositor principal al pensamiento de Freud, lo ponderaban mucho en las homilías de la asignatura. Decían del  suizo que era el reverso benevolente y cristiano del sátiro vienés. Un científico que no había abandonado la espiritualidad en el camino espinoso de la verdad. Que Jung también practicaba el psicoanálisis, sí, pero cristianamente, sondeando las profundidades del alma más que los oscuros recovecos del primate excitado, donde Freud chapoteaba como un cerdo complacido. Y claro: cuanto más nos ensalzaban a Jung, el santo patrón de la buena psiquiatría, más ojeriza le cogíamos los que desconfiábamos del juicio de los clérigos, y habíamos apostatado ya de cualquier tentación metafísica o espiritual.


           Hoy he recordado estas cosas mientras veía, en los canales de pago, Un método peligroso, acercamiento inquietante de David Cronenberg a la figura de Jung. En la película lo vemos aún de joven, recién casado, tirándose a sus más bellas pacientes en la consulta, tratando de conjugar la ciencia del psicoanálisis con la pseudociencia del alma, en un experimento personalísimo que le cuesta el distanciamiento con su antiguo maestro Freud. Jung es un hombre torturado, luterano, ilustrado, al que Michael Fassbender interpreta con gesto turbio y mirada muy fría. Uno quiere, pero no puede, compadecerse de  su dolor. Se nota que Cronenberg, tan afín a los espíritus atormentados, siente simpatía por su personaje, y que en las refriegas con Viggo –Freud- Mortensen, Jung sale mejor parado, más humano, más contradictorio. Es una película que van a disfrutar mucho los curas de mi adolescencia, si aún siguen por ahí limpiando las almas embarradas. Jung 1 – Freud 0. 
           Es por eso que Un método peligroso, aunque tenga el mérito indudable de no terminar con los títulos de crédito, y de persistir en las reflexiones que acompañan los últimos rituales del día, le despierta a uno cierta antipatía, cierto recelo, como si le estuvieran sermoneando otra vez desde la tarima del bachillerato. Aunque Freud tenía sus manías persecutorias y sus ataques de divismo, me jode mucho ver como le afean sus defectos, y me lo tomo como algo personal. No lo puedo evitar. A Freud, como a Marx, o a Nietzsche, o a los jugadores del Madrid, sólo se les critica en privado, en el círculo íntimo de los convencidos. No hay que prestar argumentos a nuestros adversarios. Al enemigo, ni agua.



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