The Yellow Sea

Noto que me estoy haciendo un espectador viejo y anquilosado, y que vivo desconectado, a veces queriendo, a veces sin querer, de las nueva tendencias que los cinéfilos más jóvenes descubren y publicitan. Muchos de sus hallazgos son tiempo que uno lleva bien ahorrado, y bien empleado en repasar los clásicos de siempre. Los jóvenes, por lo general, como los jóvenes que nosotros fuimos, caminan sin rumbo y eligen lo que va saltando, lo que está de moda, al tuntún de los anuncios o de los amigos, pecando venialmente con sus faltas como nosotros pecamos en su día con Stallone, o con Chus Norris, fulanos vergonzosos a los que por entonces entregamos nuestros vítores y nuestros dineros, y de los ahora que huimos con las solapas subidas y el sombrero calado cuando nos preguntan por ellos, como salidos que salen de un cine porno.



De vez en cuando, sin embargo, los jóvenes encuentran una veta de cine que produce mineral valioso y exportable a la edad adulta. Fueron ellos quienes me pusieron en la pista, hace unas semanas, de Nicolas Winding Refn y su ópera prima Pusher, cinta inaugural de este certamen particular y muy fructífero sobre el director danés, álter ego de mi facha. Han sido ellos también, los jóvenes despiertos y voraces, quienes han dirigido mis achacosos pasos hacia la ignota Corea del Sur, tierra de comedores de perros y de estudiantes ejemplares, para descubrir esta locura oriental de mafiosos armados con hachas y cuchillos que es The Yellow Sea. Viene a ser como una película de Martin Scorsese, lisérgica y trepidante, con la misma plétora de asesinados y malheridos, solo que aquí, en Corea, por razones culturales o legales que uno desconoce, nadie va armado con una pistola, y la sangre no chorrea de los orificios abiertos por las balas, sino que mana abundantemente de los tajazos bestiales que trazan las armas blancas. 



Se llama Na Hong-jin, el director de la función. Sé que su nombre, tan propio de un lateral izquierdo de la selección surcoreana, jamás arraigará en mi memoria. Tendré que apuntarlo en las agendas, y echarle uno ojo de vez en cuando, para no perderlo en la maraña de otros directores surcoreanos también muy recomendados, Bong Joon-ho, el lateral derecho, o Park Chan-wook, el media punta habilidoso. Prometen emociones fuertes, estos muchachos del nombre trifásico e intercambiable. Si The Yellow Sea es la medida canónica de su cine, dentro de unos días, cuando se calmen las aguas del Maelström, y vuelva a rastrear las aguas con mi velero pirata, llenaré mis bodegas con este tesoro exótico de los mares orientales. Vienen muy recomendadas, estas especias medicinales, para pasar el mal trago de las noches cerradas y lastimeras, donde uno sólo pide, y se conforma, con un par de peleas bien trajinadas, y cuatro trompazos bien fingidos, como antaño entretenía sus depresiones infantiles con un buen par de hostiazas arreadas por Bud Spencer, el ídolo grasiento y bonachón de mis primeras violencias. 





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