Luces rojas

“La razón por la que la gente cree en fantasmas es la misma por la que cree en casas encantadas, o túneles de luz. Porque significaría que hay algo después de la muerte.”
Lo dice el personaje de Margaret Matheson en Luces rojas, y es una gran verdad que ya apareció en este diario a cuento de Insidious, y de Darkness,  y de otras películas de terror que pasaron sin pena ni gloria por mi televisor. El personaje de Margaret Matheson, que es una inverosímil doctora en Parapsicología Fraudulenta por la Universidad de Nosédonde, lo interpreta Sigourney Weaver. Y cada vez que habla Sigourney, en cualquier película, es como si sentara cátedra, porque esta mujer, con la edad, y con las arrugas, ha adquirido una presencia y un tono de voz que vuelven irrefutables cualquiera de sus afirmaciones, aunque asegure que por el mar corren las liebres, y por el monte las sardinas, tralará. La antítesis de cualquier político de nuestros días.



El resto de la película es un timo metapsicológico de manufactura impecable. Un guión imposible que dejamos transcurrir sólo porque somos espectadores comprensivos, y consumidores pasivos con el intelecto mermado. Por eso, y porque no queremos perdernos la belleza delicada de Elizabeth Olsen, que es la hermana pequeña de ese dúo aborrecible de las gemelas Ashley y Mary-Kate. Elizabeth es una belleza sin pretensiones, modesta y alegre. Aquí, en Luces rojas, el guión  le endosa un papel ridículo de mujer florero, pero ella es un jarrón encantador, y sale airosa del empeño con solo prestar su rostro y su sonrisa. En el revoltijo de sorpresas y ocurrencias paranormales, el rostro de Elizabeth es un remanso de paz para nuestros ojos, un oasis de cordura para nuestra mente dislocada. 


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