Copia certificada. Juliette Binoche

En los primeros minutos de Copia certificada un suspiro de alivio brota de mis pulmones. Kiarostami abandona el desolado paisaje iraní y nos transporta a la primavera de la Toscana para contarnos el romance entre un escritor inglés y una galerista francesa que interpreta, y encarna, y vivifica, y llena la pantalla hasta romperla de pura belleza, Juliette Binoche, esa mujer preciosa y actriz excelente que es la quintaesencia de la mujer francesa, y de las señoras guapas.
            Se las promete uno muy felices, sí, con esta película que arranca como un Antes del amanecer conversacional y didáctico, con pareja madurita y muy culta tomando el relevo de los jovenzuelos que allí se requebraban. Pero se ve que a Kiarostami le jode mucho que el gran público, el que no va a los festivales, el que no vive en las ciudades de los grandes estrenos, llegue a entender sus intenciones fílmicas de gran maestro indescifrable. Así que cuando más enganchados nos tenía, y más enamorados estábamos de Juliette Binoche en pleno despliegue de sus facultades actorales, Abbas, el nigromante, nos introduce en un juego de adivinanzas para demostrarnos, una vez más, que las gentes vulgares no estamos a la altura de sus sesudas intenciones. ¿De qué va, realmente, la pareja protagonista? ¿Es un matrimonio aburrido que juega a la fantasía de ser dos personas recién presentadas? ¿O son, ciertamente, dos simples conocidos que juegan a ser un matrimonio veterano, en lúdico entretenimiento? No sé. Los diálogos, deliberadamente ambiguos, lo mismo te hacen pensar una cosa que la otra. Te vuelven loco. Kiarostami se lo tuvo que pasar teta, planteando este dilema sobre la identidad secreta de los amantes. Pero con su gracieta me jodió la película. Su película. Para una vez que iba a aplaudirlo, y a dedicarle bonitas palabras en este diario, me salió, en la hora final , con una demostración más de su diabólica inteligencia. Pues bueno.



            Luego, por supuesto, en los foros, todo el mundo decía tenerlo clarísimo, y haber descifrado los exquisitos enigmas de esta obra maestra incontestable del genio iraní y tal y tal. Unos aseguran que Juliette y su amado eran un matrimonio que fingía no conocerse, para estimular sus apetitos de los tiempos jóvenes. Eso lo afirman la mitad de los enterados. La otra mitad, también muy segura de lo que dice, también sintonizada con el alma artística de Kiarostami, nacionalizados con pasaporte iraní en homenaje al gran maestro de las siestas, jura y perjura que Juliette y su maromo eran dos desconocidos fingiendo ser un matrimonio con problemas conyugales, para pasar la tarde y luego echarse unas risas a la hora del polvo. Pues eso.



        Cuentan que François Mitterrand, en sus últimos años, enfermo incurable de la pitopausia ya irreversible, se lamentaba amargamente de no haber conocido antes a Juliette Binoche, en su juventud primorosa de pichabrava irresistible.  Cuentan los mentideros que en 1993, cuando la Binoche ya era la novia de Francia, ángel herido y hermoso del cielo azul, tan insoportablemente leve como hermosa, Miterrand la invitó a cenar en el Palacio del Elíseo. Juliette, que no necesitaba un revolcón de influencias para seguir escalando posiciones, declinó su oferta con elegancia, y cortó de raíz el intento de acercamiento, aunque Mitterrand se hiciera el encontradizo en alguna ocasión posterior, en los estrenos, en las recepciones, en los saraos de los famosos, para hablar con ella de amor, de arte y de poesía. Ya sólo hablar, como buenos amigos, en gozoso y constructivo diálogo espiritual.
            En algún momento de este tibio romance otoñal, Mitterrand dijo de Juliette que ella cumplía las cinco reglas básicas de una mujer ideal, y que por eso le gustaba tanto. A saber: que estaba en la cercanía de los treinta años, que había algo en ella que provenía del norte, que ni se maquillaba ni llevaba joyas, que no ejercía de modelo y que era, finalmente, morena. Eran los gustos del señor Presidente. Y los míos también, o muy parecidos.


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