Homeland. Una morena y una rubia

Si algo especial ha traído esta jornada cabalística, melancólica y gris como todas las demás, ha sido el estreno, rutilante, de la segunda temporada de Homeland en mi televisor. En una noche así, uno se prepara con todo el mimo para la función. Como en las grandes premieres de los cines importantes. Los esfínteres se aposentan en el sofá ya cagados y meados. Las luces, apagadas. El teléfono móvil silenciado en otra habitación. La televisión centrada, la espalda rectilínea, el puff donde acomodo los pies a la distancia exacta de la extensión. Los mandos a distancia justo al lado de la cadera, en posición de firmes, prestos al combate. Los otros habitantes de la casa ya dormidos, o metidos en otras ficciones más insulsas, allá en las otras televisiones. El perro en sus colchonetas, al pie de la tele buena, también meado y cagado en las callejuelas del villorrio. La atención, reconcentrada; las expectativas, máximas; el entusiasmo, infantil.
Comienza el episodio y me descubro, en los títulos de crédito, incapaz de recordar cómo había terminado la primera temporada. Más allá del tronco central del asunto, la bruma del olvido se ha ido apoderando de las ramas frondosas de mis recuerdos. Un fastidio, y un contratiempo, ya más que una vergüenza personal, ahora que me voy acostumbrado a estos achaques impropios de mi edad. Menos mal que Homeland, en la infinita sabiduría de sus guionistas, en previsión de contar entre sus seguidores con espectadores tan lerdos como yo, coloca al inicio de cada episodio un previously que ayuda mucho a centrarse y a tomar posiciones. Benditos sean.
     Luego, en un ritmo frenético de conspiraciones y paranoias que sólo los americanos bordan así, Homeland va llenando poco a poco los vasos de mi desmemoria, vertiendo al mismo tiempo nuevos contubernios que habrán de perderse irremisiblemente, dentro de unos meses, en el ciclo sin fin de mi desesperación. Soy como Sísifo empujando la piedra hasta la cima de la montaña, una y otra vez, en este castigo de la cinefilia sin memoria que los dioses, iracundos por mi aislamiento voluntario de los humanos, me impusieron desde la primera adolescencia.



Qué frágil es, la belleza de las mujeres. Basta un mal despertar, o un maquillaje excesivo, para arruinar el epíteto maravilloso que teníamos reservado para ellas, como una flor que se aja al instante enfrentada a la realidad deprimente. En estos episodios de Homeland, Claire Danes, que nunca fue un bellezón de rompe y rasga, pero que cuenta con un cabello rubio que te roba la mirada, y unos ojazos de agua marina que brillan inteligentes y promisorios, se tiñe el pelo de moreno y se coloca unas lentillas negras en el iris para pasar desapercibida en el avispero terrorista de Beirut. Vista así, como una mediterránea cualquiera, de la costa libanesa o murciana, Claire no se lleva ningún bufido de admiración a su paso por las calles. No cosecha ni un sólo piropo lanzado desde el andamio, ni un solo reojo disparado en la acera rasa por donde pasean los enamoradizos atentos. Una mujer guapa, sí, y punto. El oscurecimiento de sus virtudes resalta los defectos innegables de su rostro. De vecinita molona en el supermercado. De reina en las fiestas del barrio. Una belleza de andar por casa. Homebeauty.

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