Goya en Burdeos

Goya en Burdeos no es exactamente una película. Es, más bien, una sucesión de pinturas animadas, un belén viviente que muta los vestidos y los decorados mientras el maestro aragonés, en su exilio francés, nostálgico y enfermo, recuerda sus andanzas en la Villa y Corte de Madrid, las pictóricas, y las sexuales, sobre todo.
Las tres o cuatro veces que uno se ha animado a entrar en el Museo del Prado, sacrificando el tiempo del fútbol o de las compras que había programado en los Madriles, acaba deambulando por los pasillos marmóreos sin saber muy bien dónde fijar la mirada. ¿Cuáles, entre la infinitud de los cuadros allí expuestos, españoles y flamencos, florentinos y venecianos, merecen realmente el privilegio de una parada, de una observación, de una reflexión artística nacida de la ignorancia supina? ¿El cuadro de la izquierda, quizá? ¿El de la derecha? ¿El del próximo salón? Imposible saberlo. Uno quiere sacrificar  tres o cuatro horas en la excursión pictórica, y ya en el primer envite termina arrepentido, mareado, asqueado de su bárbaro desconocimiento sobre el noble arte del pincel.
Así que al final, siguiendo los pasos de los turistas japoneses, acabo, indefectiblemente, delante de Las Meninas, porque es un cuadro llamativo que tiene además como un enigma en su composición, y en La rendición de Breda, que uno recuerda de los textos del colegio, aunque allí los curas lo llamaban Las Lanzas, en patriótica belicosidad de los tiempos pretéritos. Velázquez es una apuesta segura, desde luego, pero sus salas siempre están llenas de gente que le niegan a uno el sosiego y la reflexión. Es por eso que siempre termino refugiándome en los salones menos transitados de Goya, donde cuelgan los retratos inmortales de la estulticia borbónica, y del atavismo salvaje de la españolidad incorregible.



            Sus pinturas, sin entenderlas en sentido estricto, me producen emociones que considero muy genuinas, nada snobs. No son sentimientos que yo invente para presumir de cultura ante las amistades, ni para captar la atención de alguna hembra impresionable que ronde las cercanías. Nada sé de los óleos, del cromatismo, de la captura matizada de la luz. Nada recuerdo de la composición áurea que organizaba en fórmula matemática los elementos pictóricos de las obras maestras. Contemplo los cuadros de Goya como escucho la música de Beethoven: alelado ante el misterio de un arte que me trastorna y me supera.
            Sin ser una película conmovedora, Goya en Burdeos sirve al menos para recordarle a uno que hace dos siglos las mentes más preclaras de este país tuvieron, como ahora, que exiliarse a la Europa Civilizada para desarrollar sus labores. En los tiempos de Goya, huyendo de Fernando VII y de sus curas, se nos fueron los pintores, los literatos, los dramaturgos, los políticos liberales, los afrancesados en general, que soñaron en vano con una España moderna y transpirenaica. Ahora, expulsados por los economistas trajeados, y por los mismos curas de siempre, huyen despavoridos nuestros científicos más eminentes, nuestros empresarios más honrados, nuestros profesionales más cualificados. Ya no son en su mayoría afrancesados, sino alemanizados, o escandinavizados. Los Países de los Rubios son ahora el destino universal de los españoles más capaces. Dentro de doscientos años se estrenará en nuestros cines Almudena en Dortmund, la ejemplar historia de una compatriota que aquí cobraba cuatro chavos de becaria en su laboratorio, y que un día, harta de que le restringieran los dineros y los horizontes, hizo el petate y se largó a Alemania a curar el cáncer, o a desarrollar las vacunas, a una empresa  de nombre bárbaro y  sueldo muy digno, con guardería en el trabajo y vacaciones bien pagadas. Almudena es la Goya de nuestros tiempos. La artista exiliada de la probeta. La mujer que también soñará, en las noches de cerveza y nieve de Dortmund, con una España diferente. Doscientos años después. Y lo que te rondaré, morena.


        

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