Farinelli

Mientras Farinelli, la película, se enreda en un aburridísimo tramo final, uno, siempre pendiente de las cosas cochinas, se pregunta por las facultades sexuales de Farinelli, el hombre, el castrato, que en la película satisface largamente a las mujeres, pero sin que quede clara la cosa del intríngulis ¿Qué sabe uno de las erecciones o de las eyaculaciones de los castrados? Apenas nada. Más allá de la producción nula de espermatozoides, uno no está seguro de nada. ¿Sienten el mismo deseo sexual? ¿Alcanzan el clímax sin la participación de los testículos? ¿Perseveran largos minutos en su erección, como ese morlaco amatorio de Farinelli, o por el contrario, en el mundo real de la carne y del hueso, desfallecen repentinamente en su ímpetu? Será un rato después, en la wikipedia siempre ilustradora, cuando estas preguntas consigan una respuesta muy anatómica, pero algo indefinida. Mientras tanto, con Farinelli todavía en pantalla, uno, ajeno al espectáculo reiterativo de sus gorgoritos agudísimos, se entretiene especulando con estas cuestiones, como un adolescente planteándose sus primeras preguntas. Es lo que tienen las malas películas, que sacan a la luz, o más bien a la penumbra, lo más vergonzante de uno mismo.



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