AI

Hablan, por la mañana, en la tertulia de la radio, mientras paseo con el perro en este invierno tropical que ni es invierno ni es nada, de las películas míticas que trataron el tema del apocalipsis planetario, ahora que hemos vuelto a sobrevivir a otro cacareado fin del mundo. Los tertulianos desgranan los títulos y los méritos y yo sé que en unos pocos minutos, pues siguen un orden cronológico en su repaso, van a llegar al temido momento. Al puto momento. Siempre llega. Es como una monomanía de los críticos modernos. Como un contubernio masónico de quienes se ganan la vida opinando. Sé, porque siempre es lo mismo, y ya huele a mierda el asunto, que van a llegar a Inteligencia Artificial y van a hablar mal de ella, con desdén, con desprecio, como perdonándole la vida, y ese convencimiento me arruina el rato, y me carga de antipatía cetrina contra los cinesabios siempre previsibles, y siempre enemigos. 



          Cuando por fin llega -porque llega, efectivamente- la crítica hiriente a Inteligencia Artificial, yo me he anticipado ya tantas veces a su formulación que no siento el dolor del pellizco. Más aún: me siento desafiado, espoleado, de nuevo un héroe belicoso de la resistencia spielberiana. El primero que salta de las trincheras cuando lanzan las bengalas. Inteligencia Artificial es una película que me rompe el alma cada vez que la veo. No sé por qué las otras almas no se rompen del mismo modo cuando la ven. No lo entiendo. Debe de ser que la mía es distinta, más frágil quizá. O más sensiblera. O más estúpida. No sé. Quizá me la compraron en unas rebajas, o en el chino, y carece de la consistencia testosterónica de las otras, más viriles, mucho menos impresionables y lacrimógenas. Donde los otros se ríen o bostezan, yo lloro desgarrado, y muy jodido. A lo mejor ellos también lloran, pero no quieren reconocerlo. No se me ocurre otra explicación. Quizá tienen miedo de parecer lloricas, afeminados, hombretones de poco aguante. Quizá les pagan por decir estas cosas en las ondas, o en las revistas, en este contubernio de los que se meten con mi dios Steven. Deben de ser su rivales en la taquilla, envidiosos y menos millonarios, los que sufragan este complot. Porque es un complot lo que se cuece en las alturas de la opinión cinéfila. Lo sé. O eso, o que me he quedado definitivamente solo, con mis locuras, y con mis predilecciones intransferibles. Con mi cinefilia estrecha, alicorta, de muy bajos vuelos.


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