Historia del Cine de Mark Cousins

Ahora que estoy de vacaciones, y que el sueño no me ataca a cualquier hora del día, aprovecho el calor de los sillones para leer la Historia del Cine de Mark Cousins, un libro muy recomendado en los foros que habla de los avances técnicos que nos han llevado de los hermanos Lumiére a la revolución moderna del cine digital. 


Para Cousins, las grandes películas de la historia son aquellas que innovaron en un plano, en una iluminación, en el uso original de un objetivo de la cámara. Le importa muy poco que la película en cuestión sea un bodrio pretencioso y aburrido. La obra maestra es la que se atreve con un personaje difuminado, con un montaje entrecortado, con una cosa rara de los ángulos abiertos. Ésas son las pelícuas que Cousins eleva a los altares de su libro. Así es esta Historia del Cine tan peculiar, la Biblia de quienes saben manejar una cámara de verdad y se quedan turulatos cuando les explican los encuadres de Dreyer en el blanco y negro de sus escandinávicos tostones. Donde los demás dormitamos o maldecimos, porque nada sabemos de la técnica oculta, y sólo queremos conversaciones inteligentes y acciones trepidantes, los entendidos siguen entusiasmados las explicaciones de Cousins, y besan el libro con fervor religioso cada vez que lo abren o lo cierran. Siento que este libro se me escapa entre los dedos, que nada de lo que me cuenta, más allá del dato curioso o del recordatorio de los cineastas olvidados, permanecerá mucho tiempo en la pensión de mis entendederas.


“Con dos cámaras colocadas en el salpicadero de un coche, una enfocando al copiloto y la otra al conductor, [Kiarostami] filma diez conversaciones entre una joven de Teherán y diferentes personas a las que lleva en el coche... Tan sólo en una ocasión, durante la grabación, la cámara abandona el interior del coche. [...] La película Ten on Ten remite a la pura esencia del cine más allá, incluso, que el propio Bresson. Se trata sin duda de una de las primeras obras maestras del nuevo milenio”.
Están son las cosas que le ponen  cachondo a Mark Cousins. Dos cámaras atornilladas y un montón de conversaciones que presumo de una intelectualidad inalcanzable, de una iranidad inaprensible, de un metamensaje inabordable. Menos mal que ya terminé con el ciclo inaguantable de Kiarostami, y que conozco a don Abbas como si lo hubiera parido yo mismo. Si no, llevado por la exaltación con que Cousins pondera esta ¿película?, habría perdido media vida buscándola, pirateándola, transportándola, visionándola en tres asaltos que no vendrían separados por una tía macizorra portando el número correspondiente, sino por una modorra de baba escurrida ya más propia de los vejestorios y de los tonticos que no sabemos apreciar tanta sutileza.


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