Las diabólicas

El problema de haber nacido setenta y siete años después de la invención del cine es que uno se pasa la vida tratando de recuperar el tiempo perdido; viendo, al mismo tiempo, porque uno es hijo de su época, y de algo tiene que hablar con sus coetáneos, las novedades y los estrenos, que se acumulan como platos en el fregadero, al ritmo vertiginoso de una casa de comidas. Sucede, además, que ahora las series de televisión son cojonudas, verdaderas obras de arte, y te obligan a dividir el tiempo dedicado a los fotogramas ya no en dos raciones, sino en tres, por lo que hay que cribar los estrenos con suma delicadeza, y restringir los criterios que uno reservaba para las películas antiguas.
El problema de haber nacido en los años setenta es que uno ya se crió en una colonia norteamericana, con las grandes salas alquiladas a sus películas, con las televisiones –que sólo había dos- vendidas a su dólar todopoderoso. Uno no vivió de adulto la Nouvelle Vague, ni el cine de Kurosawa, ni las fantasías de Fellini. Uno se ha criado con Spielberg, con Lucas, con las persecuciones de coches y los disparos a cascoporro en las series de ficción. Uno no ha mamado la sensibilidad de lo francés, la sutileza de lo japonés, la mediterraneidad de lo italiano. Todo esto lo ha aprendido después, tomando apuntes por su cuenta, en clases sueltas, en un aprendizaje incompleto y defectuoso. Uno es hijo de Indiana Jones y El Coche Fantástico, de Regreso al Futuro y Starsky &Hutch, de La Guerra de las Galaxias y Seinfeld soltando gansadas, aunque luego vote a la izquierda y grite Yankis Go Home en las manifestaciones, junto a las rojas más guapas del barrio.



Es por eso que uno, avergonzado, imbuido del espíritu inconformista de los cinéfilos, se lanza a rescatar las obras maestras del pasado europeo, las que recomiendan los sabios más ancianos de la tribu. Uno ve, por ejemplo, en este domingo plomizo sin fútbol ni amantes predispuestas, Las diabólicas, thriller modélico del director francés Henri-Georges Clouzot. Y al principio la película promete, pues aunque viejuna resulta intrigante, misteriosa, como de un Hitchcock afrancesado. Pero ¡ay, la herencia cultural! ¡Ay, el bagaje que uno lleva a las espaldas! De repente, muchos minutos antes del final, a uno le sobreviene la intuición certera del diabólico desenlace, que todo lo chafa. Y no es la inteligencia, desde luego, siempre tan roma en estos asuntos. Uno recuerda que hace años Isabelle Adjani y Sharon Stone ya planearon el mismo crimen en su televisor, en un remake norteamericano que para nosotros, los cautivos de su Imperio, fue el primer make. Inolvidables, en su belleza, la morena y la rubia. Maldita sea,  mi suerte.
"¡No seáis diabólicos! No destruyáis el interés que vuestros amigos podrían obtener de esta película. No les contéis lo que habéis visto. Os damos las gracias de su parte." Con ése rótulo de advertencia finaliza Las diabólicas. Nada dice de los remakes que en el futuro convertirán su originalidad en redundancia.


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