Hermano

De vez en cuando, como ha sucedido esta noche de frío gélido en Invernalia, el sexto sentido de las películas se equivoca, y toma por aburrida una película que al final le deja a uno reconfortado, y agradecido. Hermano es -que yo tenga conocimiento- la primera película venezolana que pasa por mi cartelera. Uno cree saber muchas cosas de Venezuela porque sale con frecuencia en los telediarios, pero en realidad es un país tan ignoto como los demás: sabemos del petróleo, de Hugo Chávez, de los culebrones infumables donde dicen chamo, y chévere, y guachafita. En el colegio aprendimos que su capital es Caracas, que tienen selva y grandes ríos, y que  allí tuvo su cuna Simón Bolívar, el liberador de las Américas. Poco más. Uno ve Hermano y descubre, para empezar, que allí el fútbol no es el deporte rey, a pesar del reciente auge de la selección Vinotinto, sino el béisbol, en curiosa influencia celebrada y consentida del imperialismo yanqui.  Uno, en su incultura, también pensaba que en Venezuela hablaban castellano, como nosotros, más o menos, pero a los diez minutos de empezar Hermano uno comprende que el venezuelense es un dialecto arcano, un acento de latinoamericanos llevado hasta la incomprensión. No sé cómo se las apañan las marujas españolas en los culebrones. Yo he tenido que guiarme por unos afortunadísimos subtítulos en inglés que venían pegados a la película. Supongo que nuestras madres y abuelas, después de tres décadas en el sofá, desde los tiempos fundacionales de Cristal, han tenido tiempo para acostumbrarse a esta diabólica dicción de los caribeños.



Hermano es la historia de dos broders que juegan al fútbol en los campos de tierra de las favelas, y a los que sigue con admiración un ojeador que podría llevarlos al Caracas F.C. y sacarlos así de la pobreza, de las bandas, del trapicheo de las drogas. El fútbol, para mi pesar, no es el argumento principal de la película. Para montar el dramón de secretos y lealtades que aquí se nos cuenta, lo mismo hubiesen servido los sueños adolescentes de ser actor, o de ingresar en una universidad de prestigio con túnicas y birretes. Muchas son las películas que tocan el tema del fútbol, pero pocas, muy pocas, las que lo tienen como argumento principal. Es extraño que el deporte rey, que es en sí mismo una metáfora de la vida,  o al menos la metáfora más simple que se nos ocurre a los discutidores de los bares, tenga un recorrido tan corto como argumento central en las películas. Uno recuerda, así a bote pronto, The Damned United, que contaba las malandanzas de Brian Clough dirigiendo a los trogloditas que conformaban el Leeds United de la época. O  El partido de sus vidas, que narraba la gloria balompédica de los yanquis en el Mundial del 50, ganándole uno a cero a la Pérfida Albión. Creo recordar que no salía ni una sola mujer en esta película: sólo se hablaba de fútbol: de los procesos de selección, de los entrenamientos, de las tácticas, de la administración de los esfuerzos... Una gozada para la testosterona del espectador masculino que por un rato prefiere competir a follar. Ni siquiera Evasión o victoria, tantas veces citada como ejemplo de cine futbolero, es una película que trate realmente sobre el deporte rey, más preocupada por la evasión que por la victoria. Es tan poco balompédica que John Huston -que de estas artes debía de saber lo justito- ni siquiera sigue la pelota en los lances del juego. Un despropósito.



Uno sueña con una película que contenga el espíritu de Oliver y Benji, donde ningún personaje, ni siquiera las novias o las madres, osaban hablar de algo ajeno al fútbol. Una película obsesiva, asfixiante, que no dejara resquicio a nada que no fuese la pelota, el entrenamiento, el desarrollo del partido. Conversaciones enjundiosas a la hora de practicar, de planear, de decidir. Una película que fuera, por ejemplo, la recreación de algún partido glorioso, con mucha trascendencia deportiva. La final de ese Mundial del 50, por ejemplo, o la final del Mundial de Argentina. Sin contexto, sin política, sin segundas lecturas que nos distraigan del asunto principal del fútbol. Quizá un rótulo explicativo al principio, y otro al final. Nada más: “Cuatro años después de entregarle la Copa del Mundo a Daniel Pasarella, el general Videla se embarcó en una absurda guerra contra el Reino Unido que terminó, indirectamente, con su reinado del terror.” Algo así, muy épico,  y mejor redactado, que no se inmiscuyera en la pura pasión futbolera de lo narrado. Menotti en la concentración del hotel, el día anterior, atando cabos con sus jugadores, con su cuerpo técnico, fumándose los cigarrillos uno tras otro mientras les explica de nuevo el achique de espacios, y la importancia capital de la posesión de pelota. Los holandeses recluidos en su hotel, con sus mujeres, y sus cigarros, y sus whiskies, como tenían por tradición, preparando el partido con la dieta riquísima de los vicios. El último entrenamiento de ambos equipos, con la tensión, las consignas, los acuerdos de última hora. La alegría radiante de quien se sabe titular y la mala hostia indisimulada del que tendrá que calentar el banquillo. El día de la final, desde la mañana misma, con los nervios, los gritos, los viajes en autobús. El encuentro con el estadio a la hora de saltar al césped para calentar. Las últimas palmaditas, los últimos gestos, la última vomitona en el vestuario para soltar ya del todo los nervios. El túnel de vestuarios, el rugido de la gente, el himno nacional, el pitido inicial, la primera patada, la primera arenga del capitán. Un ajuste de posiciones mientras atienden a mengano de un codazo. El fútbol a ras de hierba. Una película así, sueño yo. Tú aquí, y tú allá, corriendo por la banda, y marcando al 8. Vamos, cojones, que podemos. Y así todo el rato. Antropoides muy rápidos y habilidosos planteando una refriega contra el enemigo, con muchas ventajas nutricionales y muchas mujeres hermosas puestas en juego Una película que hablase de nuestras raíces belicosas, agresivas, muy poco transigentes, pero civilizadas gracias al influjo mágico, poderoso, insustituible, del balón.
Una de fútbol, finalmente.


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