A través de los olivos

A través de los olivos sería otra “experiencia fílmica” condenada al fustigamiento presente y al olvido futuro de no ser por ese plano final, bellísimo, que se produce -pues ahí estaba el mensaje oculto del título- a través de los olivos. El  desenlace es de un paisajismo abrumador,  de una delicadeza exquisita, que pone fin a una película que era, hasta ese momento, un coñazo insufrible, con los actores amateurs confundiéndose de continuo en la misma escena, con el paleto del pueblo atosigando a la muchacha que no le hace ni puñetero caso... 



Uno sospecha, como ya sospechaba en las películas de Panahi, que Kiarostami es un tipo muy listo que dice hacer poesía con la cámara cuando en verdad lo único que pretende, con sus parsimonias y sus recreos, es estirar el chicle de una simple anécdota para conseguir un minutaje mínimo que le permita acudir a los festivales, a cosechar aplausos, y a ganar premios. Si quería que simpatizáramos con estos actores tan torpes y entrañables, nos hubiesen bastado dos tomas fallidas de su incompetencia; si quería que asistiéramos al amor imposible entre el chico pobre y la niña pija, nos hubiesen sobrado dos requiebros no correspondidos para hacernos una idea del dramón. Uno se ha forjado como espectador en formas narrativas más expeditivas, menos cachazudas, y estas reiteraciones en lo evidente lo llevan al bostezo, y a pulsar con frecuencia la tecla de avance rápido en el mando a distancia. Cualquier maestro del cine norteamericano hubiese reducido los avatares de A través de los olivos a media hora de metraje, como mucho. Es por eso que luego les da tiempo a poner tantas cosas en sus películas, aderezos que en las cintas iraníes nunca salen por falta de minutos: las tetas, los tiros, las persecuciones, los chistes antológicos, los secundarios de lujo, los finales con retruco sorpresivo... Las películas americanas son el reflejo de nuestra neurosis moderna. Encajan como un guante en nuestra hiperactividad idiota e impaciente. Somos, como en la canción de Los Ilegales, el macarra y el hortera que corre a toda hostia por la carretera, fijándonos en lo importante, en la velocidad, y en el tiempo, y no en el paisaje. Aunque sea tan bonito, eso sí, como el de Koker.


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