Sangre y oro II

La segunda mitad de Sangre y oro merece ser salvada del adjetivo denigratorio. Jafar Panahi siguen sin cambiar el ritmo, porque es su estilo, y con él ha cosechado miles de aplausos en los festivales. Pero aquí, al menos, introduce un concepto novedoso sobre la sociedad iraní que uno pensaba desterrado, e inexistente: las diferencias de clase. Abrumadoras, por lo que se ve. Igualitas que las de aquí, aunque los persas muestren algo más pudor en manifestarlas. Iraníes que viven en pisos suntuosos -de un lujo asiático nunca mejor dicho-, reciben al repartidor de pizzas que apenas junta cuatro riales para vivir. El cisco que monta nuestro protagonista al final de la película es el arrebato bolchevique de un paria asqueado. La protesta airada de un trabajador explotado que clama paridad, y venganza. Ya dijo el bisabuelo Marx que se cocían habas en todos los lados, y en todas las épocas, aunque ahora no esté de moda reivindicarlo. 



Recurro otra vez a las Antípodas de Javier Krahe, maestro de la canción que viene a resumir esta segunda parte de Sangre y oro en cinco versos. Él sí que sabe de elipsis, y no Panahi:

La gente rústica puebla las fábricas
y los hipódromos los aristócratas.
 Ciertos filósofos sienten escrúpulos.
 En las antípodas todo es idéntico,
 idéntico a lo autóctono.




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